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LA EDUCACIÓN EN LA DIVERSIDAD
Un enfoque antropológico

Por: MARCELO DUCART Profesor de Filosofía y Ciencias Sagradas - Licenciado en Educación Física (UNRC). Actualmente se desempeña como docente de Nivel Medio y Universitario. Capacitador en cursos de Perfeccionamiento docente SADOP (Río Cuarto).

Junto a: ESTRELLA FARÍAS (Prof. en Educación Especial) y ZULMA SBROLLINI (Psicopedagoga).

Conceptos claves: diversidad – diferencias – unicidad – intersubjetividad – apertura – interacción – necesidades educativas – ser humano – relacional – misterio – teoría socio-histórica – dimensión sexual – trascendente.

“Sólo el amor aproxima lo que es diferente y

realiza la unión de la diversidad”

(Juan XXIII)

 

Escribir hoy sobre diversidad quizás no sea para algunos nada original. Se han dicho ya tantas cosas que se corre el riesgo de saturación y confusión. A pesar de ello, sigue existiendo en el ámbito educativo una evidente ignorancia sobre el tema y una confusión de términos, conjuntamente con una errónea identificación de la diversidad humana con la discapacidad o las Necesidades Educativas. Por otro lado, son mínimas las referencias antropológicas en comparación con las abundantes citas sobre teorías educativas, muchas de ellas marcadamente reduccionistas, individualistas y sin demasiada fundamentación pedagógica.

Es por ello que el presente trabajo se propone: clarificar ciertas dudas referidas al abordaje de la diversidad humana en el ámbito educativo, presentando algunas reflexiones antropológicas y pedagógicas que puedan ayudar a comprender mejor dicha realidad, motivando la asunción de convicciones y posturas personales e institucionales frente a ella.

Hoy, en el interior del discurso educativo, se habla de: atender y dar respuesta a la diversidad y de conformar y pensar instituciones que integren y no excluyan. Sin embargo, los pilares fundamentales de este discurso, no se agotan en el ámbito de la educación, sino que hunden sus raíces en distintas concepciones de hombre, sociedad y educación, las cuales están a la base de las prácticas cotidianas y no tienen que ver únicamente con la escuela.

Hablar sobre diversidad humana lleva a pensar en la multifacética y pluralista fenomenología del ser humano: es un proceso de búsqueda de significaciones y actitudes que permiten el enriquecimiento mutuo, en el cual las diferencias caracterizan lo verdaderamente único de cada persona, conformando un crisol de formas de ser y definiendo de éste modo una sociedad que es diversa.

Todas estas reflexiones y sugerencias han surgido de la práctica docente concreta. Ellas son un rescate de lo heterogéneo, lo cual es un rasgo inherente y constitutivo de todo grupo humano. La explicitación de esta característica, conjuntamente con la posibilidad de enriquecimiento a través de la diferencia, son pilares sobre los que tendría que asentarse el abordaje de la diversidad.

Pero: ¿Quién soy yo? ¿Quién es el otro? ¿Dónde esta el límite entre mi necesidad y la de quienes me rodean? ¿En qué radica la riqueza de la interacción? Tanto éstos como otros interrogantes se irán abordando a lo largo del presente trabajo. Para ello se hace necesario detenerse en la búsqueda de significados, entendida como un intento de comprensión de hechos, actitudes y tendencias presentes a lo largo de la historia de la sociedad.

No se trata de presentar un marco dogmático sobre el tema, sino de abrir un debate donde se pueda repensar la praxis docente. Según Savater, sólo volviendo a la raíz común que nos emparienta, podemos llegar los seres humanos a ser huéspedes los unos de los otros, cómplices de necesidades que conocemos bien y convencidos de que éstas son diversas, y de que sólo en el descubrimiento de ellas podremos ver la diferencia como un medio de enriquecimiento y no como un elemento de exclusión.

1. Rasgos fundamentales del ser humano

En el subsuelo de todo modelo educativo hay una determinada concepción de hombre, explícita o implícita, debidamente articulada o solamente intuida, conocida o desconocida, correctamente expuesta o ideológicamente presentada. Este modelo es previo en cualquier reflexión pedagógica, y por lo tanto clave para poder discutir cuál es el sentido de la educación en la vida de la persona y de los pueblos. La antropología y la pedagogía en este sentido se relacionan directamente. El sentido que el maestro, el profesor, el padre, la madre, el educador en general, transmite a sus alumnos no es una cuestión solo pedagógica, sino también antropológica y ética.

Por eso antes de abordar específicamente el tema de las adecuaciones curriculares se hace necesario clarificar reflexivamente algunos de los “rasgos fundamentales del ser humano”.

1.1 ¿QUIÉN ES EL SER HUMANO?

Este interrogante se relaciona en forma directa con el tema del significado y el propósito de la vida humana, y apunta hacia los fines de todo acto educativo. Como toda pregunta filosófica, ha recibido una pluralidad de respuestas, varias de ellas antitéticas, que a su vez se incorporan en diversos estilos de vida y se relacionan con prácticas educativas variadas en determinadas organizaciones socio-políticas; lo cual permite advertir de inmediato lo importante que puede ser explicitarlas para reflexionar acerca de ellas.

Todo lo que el ser humano sabe y espera del universo y todo lo que cree, depende de la manera como se ve a sí mismo, debido a que no puede concebir nada sino a través de su propia concepción. Este componente subjetivo del conocimiento intrapersonal se encuentra modelado por vínculos intersubjetivos. Ésta es una realidad que brota desde el mismo origen en cualquier reflexión sobre el ser humano, ya que se debe avanzar más allá de lo meramente exterior y fenoménico. De lo contrario, se cae en un balbuceo en el que no se sabe bien qué decir, o bien se sabe que todo lo que se diga va a estar fuertemente influenciado por la propia subjetividad. Tal vez por ello sea tan difícil hablar de sí mismo, debido a que necesariamente hay que acudir a los otros en sus contradicciones, certezas y misterios. Es que el ser humano no es sólo un “objeto de conocimiento” que pueda observarse, medirse, calcularse o biseccionarse de un modo empírico o cuantitativo, sino que es también misterio. Este término etimológicamente significa algo oculto, escondido, no evidente, que no se agota en su rostro, ni en sus músculos, que no puede ser presa del lenguaje conceptual, en definitiva que hay algo en el ser humano que tiene un carácter estrictamente metafísico, conciencia que tal vez se origine en un no sentirse vinculado ciegamente a la naturaleza.

Por ello, una pedagogía fecunda sin olvidar esta realidad mistérica del rasgo humano, debe incentivar la capacidad de interrogación, reflexión y discusión, con el objeto de clarificar los distintos paradigmas antropológicos que subyacen al interior de toda praxis educativa.

¿En qué consiste mi ser? Para responder me miro, me observo, me escudriño y encuentro que la mesa, la paloma, los cables, tienen consistencia, son siempre los mismos, para lo mismo. Yo, en cambio, desde que me levanté esta mañana hasta ahora, las dos de una tarde nublada de sábado, he pasado por decenas de modos de ser diferentes, contradictorios. Yo... no soy. Quiero decir que lo que descubro es mi ser en constante proceso de cambio, de no ser, de dejar de ser y de empezar a ser, y no se a cual de los momentos pasajeros de mi existencia aferrarme para decir: “Ése soy yo”. Digo que soy bueno y luego piso a alguien en el subterráneo... Digo que soy malo y me apiado de un niño pobre y le doy unas monedas.[1] Jaime Barylko

1.2. UN SER ABIERTO

El ser humano se constituye en su apertura. Dicho en otras palabras, necesita ontológicamente relacionarse con los demás. Como decía Jean–Paul Sartre: “Soy el producto de la mirada ajena”, dato que expresa la mutua interdependencia humana. "Me descubro en los ojos del otro ... Los otros, en definitiva me dicen quién soy"[2]

En estas afirmaciones que intentan fundar el conocimiento intrapersonal en la primacía interpersonal, se observa no sólo un giro lingüístico, sino también un giro gnoseológico con respecto a ciertas concepciones tradicionales acerca del conocimiento. Esta línea de pensamiento ha sido recuperada recientemente a nivel pedagógico por la teoría socio-histórica (Vigotsky y otros) en donde se señala el origen social e histórico de los procesos psicológicos superiores. Se acentúa también el papel de los instumentos de mediación social, los cuales a través de procesos de interiorización, motivan la construcción del conocimiento. Todo se “aprehende” de otros: la cultura, el lenguaje, el movimiento corporal, las posturas, y hasta los mismos sentimientos y pensamientos son relación ajena...

Por eso no resulta nada atrevido expresar que: el “yo soy”, el yo soy con contenido, significa finalmente: yo soy para el encuentro ... yo estoy por naturaleza y esencia destinado a encontrarme con el tú. Esos “tú” son los que hacen del ser humano un proyecto abierto a un futuro, hacia un horizonte de sentido inquietante (ex-céntrico), proyectándolo dinámicamente hacia lo que no se es, hacia lo exterior de sí mismo.

No hay nada acabado en la expresión humana, todo está en un continuo proceso de realización personal abierto a la infinitud del otro. “El yo individual, es la situación de su relación”[3]. Ahora bien, si es verdad que el ser humano “nace” por decirlo de algún modo, en el encuentro interpersonal entre el tú y el yo, entonces la unicidad se fundamenta en y sobre la alteridad. La experiencia primitiva es la “segunda persona.

Ha habido un largo camino histórico para redescubrir y reflexionar sobre esta dimensión interpersonal. Los avances tecnológicos en las comunicaciones han marcado una guía para el encuentro entre las personas y los pueblos. Aunque desde siempre se ha reflexionado sobre este dimensión de lo humano, es quizás en estas últimas décadas en donde se lo ha hecho de manera más extensa y profunda.

Hasta no hace mucho tiempo, la bibliografía educativa que manejaba la pedagogía tradicional seguía definiendo al ser humano como el “animal racional”, o sea un ser viviente (orgánico) dotado de razón. Esta definición no es falsa, pero sí insuficiente, incluso puede conducir a la idea de considerar al ser humano como una “cosa más entre las cosas”. Se hace necesario así superar todo reduccionismo que intente “aprisionar” o dominar la inconmensurable dignidad humana. En la actualidad, no se presta demasiada atención a la ontología aristotélica a la hora de realizar una presentación de lo humano, sino que se insiste más en la dimensión “relacional e interpersonal”. La relación de todo con todo, es una realidad patente que es percibida de un modo singular en este mundo globalizado como una gran aldea planetaria; nada existe en sí y por sí, todo es relación, relación de dependencia, tanto física como simbólica; ésta es una silla porque aquello es una mesa...

Reisman en su libro: “La masa aislada”, habla de la capacidad relacional comparándola con un radar, cuya antena va a girar siempre en busca de señales y signos, para realizar una detección cada vez mejor de los deseos y del comportamiento de los demás. Según este autor, el ser humano se va a mover menos por su giroscopio interior que por el del grupo con el que convive[4]. Ahora bien: ¿Hasta qué grado el tú y el nosotros entran en el yo? ¿Se podría resolver el problema de la persona sin hablar explícitamente de y desde el otro? Ortega y Gasset dirá: “Ser-en-el-mundo-con-otros no es para mí algo accidental, como para el vino estar en el vaso o en la botella, sino que significa más bien lo que para el pez es vivir en el agua.

Según Mounier, uno de los representantes más destacados del personalismo, “el que se encierra en el “yo” no encuentra jamás el camino que conduce a los otros ni a su propio ser”. La relación: yo-ello, dirá Mounier, es nada más que experiencia, saber, dominio. Funciona como dialéctica del señor-esclavo y se mueve solo en un plano utilitario. En cambio, la relación tu-yo, es encuentro directo, inmediato. Excluye el poder disponer del otro y tratarlo como un objeto. En el otro están incluidas todas las personas humanas.

Este encuentro con los demás está necesariamente “mediado” por la corporeidad humana sexuada. El cuerpo humano incorpora así al sujeto y lo abre al mundo de los semejantes. Precisamente es “la dimensión sexual (erótica) el motivo primigenio más fuerte para salir de sí mismo... Sólo el hombre y la mujer como complementos de una diversidad unitiva pueden pensar la pluralidad como unidad, como totalidad de la experiencia externa”.[5]

La sexualidad como diversidad humana encarnada, abarca todas las expresiones del ser humano como hombre y mujer.

Se refiere a: ese colorido masculino o femenino teñido de afectividad con el que una persona se acerca a otra; a ese mundo peculiar de reaccionar frente al otro en todos los niveles de convivencia, comunicación e intimidad . La sexualidad nos ayuda a descubrir la ley fundamental de la existencia humana, a saber que: el ser humano se realiza y encuentra su plenitud y felicidad abriéndose a los otros, descentrándose, promoviendo al otro en su radical alteridad. El impulso vital es una orden de salida hacia el otro diverso.

“¡Sal de ti mismo, no te quedes en tu egoísmo,

abandona el castillo de tu individualismo!”.

Las diversas expresiones de la sexualidad (miradas, caricias, besos, etc.) son todas posibilidades de reconocimiento del otro como distinto a uno mismo. Por eso no son simples experiencias de placer, sino aprendizaje del don de sí. Aún más, en el hombre y la mujer, “conviven la diversidad de dimensiones sexuales”. Lo masculino y femenino se encuentran presentes en cada ser humano, aunque con diversa acentuación, determinada por la estructura corporal y el influjo de la cultura. El varón tiene un reducto inconsciente femenino y en el inconsciente de la mujer duermen los elementos masculinos. Lo femenino está dentro del varón, pero la mujer lo corporifica en el mundo. Y al revés, lo masculino. “La sexualidad es entonces una fuerza centrífuga formidable que empuja hacia fuera”[6], un puente privilegiado de la intersubjetividad y la puerta por la cual el ser humano realiza su apertura; es una realidad dinámica orientada hacia el nosotros...

En un plano axiológico, “el otro que está delante de mí es un valor absoluto” que se impone por sí mismo; un valor que la persona misma no ha creado ni puede destruir, realidad que empuja a ser “responsables” frente al otro; éste ni siquiera debe dirigir la palabra para pedir ayuda en medio de su miseria, ya que su misma existencia es una llamada al reconocimiento. Aún cuando se cierran los ojos, los oídos y se endurece el corazón frente a ese otro necesitado, no se disminuye la culpa, ya que la conciencia delata esa indiferencia como negación del otro.

Ante esta situación surge la siguiente pregunta: ¿Quién lo hace existir al otro como ese ser inviolable, que no es lícito manipular ni rechazar? ¿Quién vuelve incondicional y absoluta la exigencia de ser reconocido? A lo que hay que responder que toda exigencia del otro, su presencia ante mí, es algo situado más allá de la voluntad arbitraria del otro, es algo trascendente. Como expresaba V. Frankl: “El ser humano está siempre orientado y ordenado a algo que no es él mismo; ya sea un sentido que ha de cumplir ya sea otro ser humano con el que se encuentra. De una u otra forma, el hecho de ser persona apunta siempre más allá de uno mismo, y esa trascendencia constituye la esencia de la existencia humana[7]”.

“Hay en el trasfondo de estos imperativos éticos una realidad que no viene de mí ni de ti; que es anterior a mí y a ti, y que se debe fundar en un valor personal superior a los dos. Sólo cuando Dios avala con su absolutez la cotización del hombre, deja este de ser cosa... para levantarse ante mí como valor absoluto.”[8] En la exigencia incondicional del otro está contenido en cierta forma, el totalmente Otro: “Dios”. Luego, tomar en serio al otro, al más olvidado, al menos tenido en cuenta, al distinto, al menos capaz, al diverso... es reconocer implícitamente la realidad misteriosa que está detrás de ese hombre y que lo constituye precisamente es su singularidad inviolable.

Este reconocimiento muchas veces manifiesto y explícito, descubre en el ser humano no solo su inclinación moral hacia la búsqueda de la Verdad y del bien, sino también su apertura al misterio trascendente, siendo uno de los signos más palpables de dicha apertura la inquietud originaria por lo sobrenatural. “El sentido y el gusto de lo infinito (religiosidad) es un hecho incuestionable”[9], revelando una inclinación radicalmente heterocéntrica, proyectada hacia una plenitud que supera el marco de su existencia abierta al enorme interrogante del sentido último: “frente a Dios”.”

1.3. UN SER ÚNICO Y SINGULAR

A pesar de las semejanzas entre los miles de millones de habitantes que se han paseado y se pasean sobre la madre tierra, y por encima de todo cientificismo clonista, la realidad ajena impone la convicción de la unicidad. No hay dos seres humanos que sean idénticos en todo. Sí, por supuesto, hay rasgos semejantes que se multiplican, se expresan de la misma manera, pero siempre queda ese sustrato producto de las innumerables combinaciones de la libertad humana que inclina a las personas y sociedades a encaminar rumbos distintos, y por lo tanto a adquirir características diferentes.

Aún está lejos de la realidad cotidiana de cualquier ser humano el pensarse como un “ejemplar multicopiado o clonado” de una especie determinada, y esto a pesar de los anuncios sorprendentes sobre clonación animal y de los indicios de clonación de órganos humanos.

Cada ser humano tiene una manera rigurosamente singular de ser persona; es único, diferente, inconfundible, no sustituible. Es >>singular<< en el conjunto del universo, heterogéneo en el magma de la vida cotidiana, cada uno es un yo irrepetible, una realidad que es, que no fue y no volverá a ser como es ahora. Cada uno es igual a sí mismo y nada más. “Yo soy yo, y no puedo ser habitado por ningún otro...”

“Lo que tengo o hago lo puede tener o hacer otro. Pero lo que yo soy, nadie más que yo puede serlo...”

2. LA DIVERSIDAD EN LA ESCUELA

Todas las personas que conviven en la escuela son diferentes, ya que se provienen de una diversidad vivida y manifiesta. La escuela es el foro donde se reúnen todas las culturas diversas que cada una de las personas que la integran llevan consigo. Se da en ella una diversidad de tipo personal que en buena medida es fruto de las experiencias propias, del contexto sociocultural y de otras causas relativas a procesos de desarrollo de cada uno. Esta diversidad se traduce en diferencia de intereses y expectativas, de elecciones sociales, de autonomía personal, de afectividad; de capacidades lógicas, psicomotrices, expresivas, memorísticas, manuales, de características y ritmos del proceso de aprendizaje, etc. Las diferencias se observan a través de los modelos de relación en los grupos, de la asimilación y dominio de las actividades de la enseñanza, de los múltiples conceptos que se dan en la vida del centro educativo. Por eso, es una realidad que lo diverso es lo habitual, lo excepcional es lo uniforme. Así, el conjunto de familias y alumnado que conviven en la escuela, forman un mosaico con características diferenciadas cuya negación sólo tiene sentido desde la comodidad o el interés por favorecer a algunos grupos concretos.

El respeto por dicha diversidad, implica interacción, intercambio, ruptura del individualismo y apertura a la solidaridad. En la actualidad aparece como un nuevo tópico de la contemporaneidad, que se concretiza también en nuevas terapias alternativas y religiones, en diferentes planes de alimentación, en la consideración de los derechos de las minorías, etc. Este hecho cultural arrastra tambien un cuestionamiento profundo a la construcción moderna de la historia que dio origen a la idea de nación unificada, progreso indefinido y supremacía de la razón. La diversidad parece abrir así un nuevo espacio que desplaza la autoridad de una clase social, de la ciencia o de la nación como únicos ordenadores del sentido legitimando a nuevos sujetos e identidades.

Haciendo un rápido recorrido por la historia de la escuela como “hija de la modernidad”, se observa un mandato claro de homogeneizar a sus alumnos. Este hecho determinó y en muchos casos continúa estableciendo, mecanismos de clausura de la diversidad, que se concretizan en el modo de agrupamiento de los alumnos, la organización de los espacios y tiempos, los modos de evaluación, la clasificación del saber, la universalización de los contenidos escolares, el predominio del texto, etc. Bajo este modelo se procura que el alumno se adapte, y si no lo logra, es segregado o expulsado de diversas formas (J. Delval).

Parece que en esta encrucijada el personaje principal en discordia es siempre la <diferencia, o los diferentes> En la pedagogía tradicional, la noción de diferencia era concebida como carencia o privación, que se determinaba en función de ciertos parámetros sociales, culturales, de conocimiento, etc. que “medían” la distancia entre ellos y las prácticas de los sujetos o sectores, permitiendo diferenciar o clasificar entre lo alto y bajo, bueno y malo, etc.

Pero la diversidad cultural y las diferencias de aprendizaje ponen constantemente en jaque la citada utopía moderna de normalización u homogeneización cultural, basada en rotulaciones y en la neutralización de las diferencias como forma de asegurar la identidad cultural. Es que esta pretensión no impidió en el transcurso de la historia la marginación social ni tampoco aseguró la permanencia de procesos democráticos aún dentro del ambiente educativo. La problemática es indudablemente”compleja”.

Sin entrar en discusión sobre el tema, hay que señalar que toda institución educativa, implícita o explícitamente, prolonga necesariamente los códigos de homogeneización social, a través de complejas estrategias, haciendo muchas veces de operador cultural para la distribución de los bienes del conocimiento, y generando un código de prohibiciones, permisiones, alianzas y rechazos, circulaciones y obstrucciones, que demuestra la falsedad de la suposición popular en la que se identifica a la escuela como una zona franca social, ya que en realidad ha estado siempre fuertemente asociada al aparato ideológico cultural.

En la actualidad, la sociedad le demanda a la escuela sujetos que no se paralicen ante la incertidumbre, con capacidad para ampliar y modificar permanentemente sus conocimientos, de resolver problemas y de adaptarse a situaciones cambiantes.

Hablar sobre diversidad en el ámbito educativo implica superar esa noción antigua avalada socialmente en su contexto, renunciando a la idea de un solo centro, a medir o clasificar desde un parámetro único, para pasar a la consideración del otro con el que se completa la humanidad de ambos. En otras palabras se trata de alejar los horizontes normo-céntricos excluyentes abriendo el espacio para la idea de pluralidad sin negar la realidad, ni desconocer que hay diferencias en las experiencias y condiciones de vida y de poder.

El discurso sobre la diversidad es por ende un objetivo socialmente deseable, siempre y cuando no incluya o enmascare la “desigualdad”, ni tampoco asocie la igualdad con la uniformidad. La igualdad hace referencia a la posibilidad de optar, de decidir, de disponer de medios reales para vivir dentro de la estructura social y para intervenir en igualdad. En cambio, la diversidad hace referencia a las diferencias personales y culturales respecto a como se es, y como se vive. Lamentablemente, en la actualidad, se observa un “discurso blando” sobre la diversidad y una realidad dura de desigualdad social, contraste que es necesario denunciar y corregir.

 

2.1. PERSPECTIVAS DE ABORDAJE DE LA DIVERSIDAD[10]

El gran desafío para todo docente es descubrir y vivir acorde con sus convicciones y valores, y que éstos permitan integrar y descubrir las infinitas y a veces ocultas potencialidades y riquezas de sus alumnos. Esta vocación interpersonal de encuentro con los diferentes, se lleva a cabo siempre desde ciertas perspectivas, muchas de ellas hechas concientes y otras no. Existirían a grandes rasgos, dos tipos de perspectivas de abordaje de la diversidad; una que tiene que ver con horizontes selectivos y segregadores y otra con horizontes integradores.

En la primera, el valor que está a la base es la “tolerancia” en su uso restrictivo, identificada como capacidad para “soportar” al diferente, el cual estriba en que diferentes grupos sociales con opiniones y realidades distintas no les queda más remedio que estar juntos, lo que les lleva a la resignación. La tolerancia entendida así conlleva un sesgo de esfuerzo o carga. Las diferencias aparecen como problemas, déficit, o carencias, lo cual se puede observar en ciertas situaciones institucionales. Lo que deriva del problema es la necesidad de elaborar largas listas de “chicos con dificultades”, realizando las derivaciones a distintos equipos o profesionales del medio, pero sin lograr dar respuestas que les brinden soluciones prácticas a esta necesidad. Los “alumnos problemas” son los distintos, los desiguales, los que no aprenden, los pobres, etc. ante esta situación surgen este tipo de preocupaciones: ¿cómo ubicarlos?, ¿con quién?, ¿qué tengo que enseñar para ellos?, ¿de qué manera?, ¿puedo aprobarlos o no?.

En estas preocupaciones subyace la idea de que en la escuela coexisten dos grupos: los normales y los anormales. Dicha idea, refuerza la conciencia dicotómica de que a la escuela llegan los diversos desiguales.

Esta mirada conduce no pocas veces a la segregación, clasificación y selección de los alumnos en buenos y malos, más o menos inteligentes, rápidos o lentos y otras categorizaciones que circulan por la sociedad otorgando rotulaciones y títulos de excelencia. Se necesita luego justificar la estadía de aquellos que son desiguales con un diagnóstico médico, psicológico, psicopedagógico, como palabra absolutamente incuestionable, sin poder descubrir que el saber del docente es central con respecto a la realidad del alumno.

Quizás cada docente se debería preguntar: ¿Cuál es el límite entre lo normal y lo patológico?, ¿quién lo determina?, ¿la escuela para quién está pensada?

En la segunda perspectiva, el pilar fundamental es el reconocimiento de que todas las personas son únicas e irrepetibles, por lo tanto, con capacidades, necesidades y tiempos distintos. Los valores en los que se fundamenta la diferencia avanzan más allá de la tolerancia, haciendo incapié en la comprensión, el respeto y el servicio solidario. Dichos valores ayudan a descubrir que todos son iguales en dignidad, aunque distintos por los dones particulares, las ideas y creencias. Pensar en y desde el “nosotros”, permite identificar posturas individualistas y competitivas que corroen la integración grupal. Para ello el docente utiliza recursos de interacción social a fin de superar las posturas dicotómicas evitando profundizar las desigualdades. Bajo este horizonte, el valor que asume el conocimiento se orienta a “descubrir necesidades ajenas”.

Se trata de de construir juntos un proyecto plurisémico en donde la variedad de rasgos culturales y capacidades de aprendizaje no sean un obstáculo para afianzar la identidad común, sino más bien, una oportunidad única y necesaria de construcción concreta del ideal educativo. Pero cuando se analizan qué grupos sociales obtienen menos provecho de la escuela (estadísticamente y no de forma determinista), resulta que son los menos favorecidos económicamente y los que sufren cierta exclusión social y cultural, es decir, los distintos: “aquellos que caen en el olvido fuera del nosotros”.

Se debe rechazar sin más, la atribución de ese hecho a sus características personales, así como el rebajar los objetivos educativos por su origen social y por una actuación centrada exclusivamente en "compensar carencias". Es necesario desarrollar caminos para que las potencialidades de este alumnado encuentren un lugar en la escuela donde desarrollarse plenamente, cambiando la cultura y formas de funcionamiento escolar, mediante la participación social. El sistema educativo no debe concebirse nunca más como una cadena de montaje.

REFLEXIÓN FINAL

Como conclusión de todo lo expresado anteriormente, se puede señalar que, en el abordaje educativo de la diversidad humana, en su verdadera comprensión y vivencia, los docentes estamos invitados a tomar “el otro lado”, “lo de dentro y lo de fuera”, pues es portador de significados y como tal debe integrarse con las demás prácticas en un marco “híbrido”