Por Luis Perrone
“La moral no consiste solamente en ser
bueno,
Existe una creencia generalizada de que el marketing es una actividad “non santa”. Y por ello, inconveniente para asistir a la gestión educativa (sobre todo la de los colegios religiosos). Muy frecuentemente escuchamos, vemos o leemos en los medios de comunicación las declaraciones de los “opinólogos” de turno que no tienen ningún reparo en calificar tal o cual acción de “marketinera”. Y siempre, claro está, utilizando este neologismo como sinónimo de práctica engañosa o superficial, vacía de contenido. Otras veces se habla de “operación de marketing” cuando se intenta describir un procedimiento que muestra una cara bien maquillada y que oculta otra, la real.
Lamentablemente –debemos admitirlo– en nombre del marketing algunos inescrupulosos se han valido de malas artes para embaucar con promesas falsas. Pero “vender gato por liebre” no es marketing y nunca lo será. La trampa y la mentira son atajos sin salida y sin futuro. Los que desarrollamos esta actividad con ética, tenemos el deber de clarificar ante la opinión pública el papel de una disciplina tan útil y digna como lo es la docencia o el comercio. El marketing, en general, es una disciplina profesional que ayuda a que la oferta y la demanda se encuentren en un punto óptimo. Philip Kotler –máximo exponente en la materia– lo define como un cambio de mentalidad en todas las áreas de una organización, dirigido siempre a optimizar los productos o servicios ofrecidos. En el caso de la educación, el marketing procura articular contenidos y servicios, de manera que se satisfagan mejor las necesidades y expectativas de la comunidad. Y esto le sirve tanto al alumno y su familia, como al centro de enseñanza. Porque así se evoluciona y se crece. El marketing educativo maneja, además, recursos para que los colegios se comuniquen eficazmente con su público. Para que se genere un ida y vuelta provechoso. Y no haya rumores o incomunicación, siempre negativos. El marketing trata que la comunidad perciba y aprecie la calidad de un estilo educativo, pero nunca lo podrá “inventar”. Sólo se encargará de que éste llegue a la gente sin distorsiones. En estos tiempos de alta competitividad donde sobran las vacantes y faltan alumnos, el marketing aplicado a la gestión educativa es un aliado valioso que sirve para transformar las debilidades en fortalezas y los riesgos en oportunidades. Su accionar permite que las instituciones definan sus objetivos de crecimiento y puedan elegir los caminos más idóneos para alcanzarlos. El marketing se ocupa de la cáscara –es cierto– pero antes se preocupa por el fruto. El marketing, bien entendido y bien ejecutado, es la búsqueda permanente de la excelencia, y al igual que ella, es una buena palabra. |
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