LA CIUDAD DE LOS NIÑOS: EL ROL PROFÉTICO DE LA INFANCIA EN LA CIUDAD EN TIEMPOS DE CRISIS

 

                                           Francesco Tonucci

 

“Dices: es cansador frecuentar a los niños.

Tienes razón.

Agregas: porque es necesario ponerse a su nivel, bajarse, descender, plegarse, hacerse pequeños.

Te equivocas.

No es éste el aspecto más cansador.

Es más bien el hecho de estar obligados a elevarse  hasta la altura de sus sentimientos.

De estirarse, alargarse, elevarse sobre las puntas de los pies.

Para no herirlos”.

Janusz Korczak

 

 

Dice el Señor: “En Jerusalén los ancianos y las ancianas se sentarán en las plazas de Jerusalén, cada uno con el bastón en la mano.

Las plazas de la ciudad hormiguearán de niños y niñas que juegan”

Zacarías, 8, 3-4

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Una propuesta política, no educativa: una nueva cultura de la infancia

 

El proyecto “La ciudad de los niños” no es una propuesta educativa. No se dirige a las escuelas para que los niños conozcan mejor sus derechos  o para que puedan repetir las experiencias de gobierno de los adultos para comprenderlas y compartirlas. No es, tampoco, una propuesta para luchar por las necesidades infantiles, aumentar y mejorar los servicios destinados a la infancia, aunque sean necesarios. Ni para proponer más espacios para el juego infantil, más jardincitos, ludotecas, lugares, en fin, donde los adultos puedan acompañarlos o confiarlos al cuidado de otros adultos. No quiere promover una ciudad para los niños, sino una ciudad adaptada  a todos los ciudadanos. Por esto es una propuesta política, confiada al Alcalde y a la Junta de la ciudad.

Todo esto llegará a ser más comprensible si somos capaces de construir una nueva cultura de la infancia. El niño es vivido por los padres, por los maestros, por los instructores, como un sujeto de educación, que vale por lo que será el día de mañana. Educar quiere decir preparar para el futuro, descubrir algo que todavía no es y que mañana será: la futura mujer, el futuro hombre, el futuro ciudadano. De este modo se niega al niño de hoy, el niño verdadero, con sus deseos, con sus necesidades, sus capacidades, sus diferencias. El niño de hoy es inexistente, es transparente. Pero el modelo de adulto que se le propone al niño de hoy para el mañana somos nosotros, sus padres, sus maestros. Este proyecto educativo es, por consiguiente, conservador: tiende a garantizar que el futuro sea lo más parecido posible al pasado. El niño de hoy es, en cambio, preocupante, subversivo porque es distinto: no piensa como nosotros, tiene necesidades a menudo contrastantes  con las nuestras. Tener en cuenta sus exigencias y sus ideas puede comportar profundas adaptaciones y renuncias por parte de los adultos.

En la política de nuestros países y en la administración de nuestras ciudades, la preocupación de ayudar y proteger a los niños ha hecho surgir un importante filón administrativo: el de los servicios infantiles. Ante cada  incomodidad que experimentan las familias, los administradores responden: “No se preocupen, pensamos nosotros”. Y nacen los jardines maternales,* las ludotecas, los jardincitos para niños. Pero no son respuestas adecuadas a las demandas de los niños, son más bien respuestas a las exigencias de las de las familias que no saben cómo resolver su problema de trabajo junto al de la crianza de los hijos.

Nuestro presidente Prodi en una convención internacional dijo a propósito de esto: “No basta con dar  más servicios a los niños, debemos restituirles la ciudad”.

La nueva cultura de la infancia es la cultura del niño de hoy, del niño que está tan lejos de nosotros que es difícil entenderlo, es difícil escucharlo, pero si nos disponemos a ponernos a su altura y a darle la palabra, o como dice Korczak, a elevarnos a la altura de sus sentimientos, será capaz de ayudarnos a entender el mundo y nos dará fuerzas para cambiarlo.

Respecto del niño, así como lo vivimos normalmente, las preguntas que habitualmente el adulto se plantea son: “¿Cómo podemos ayudarlo? ¿Cómo podemos protegerlo? “. En la prospectiva de esta nueva cultura la pregunta deberá ser: “¿Cómo él nos puede ayudar a nosotros?”.

Sobre esta posibilidad subversiva, que los niños puedan ayudarnos a pensar una ciudad distinta, más adaptada  a todos, se mueve el proyecto “La ciudad de los niños“ (“la cittá dei bambini”). Y los niños podrán ayudarnos a repensar la ciudad si somos capaces de darles la palabra, de permitirles decir: “Ahora basta”, de escucharlos y de tener en cuenta sus protestas y sus propuestas.

 

1. LA CRISIS DE LA CIUDAD DE HOY

 

 

 La ciudad es de los adultos y para los adultos

 

¿Por qué Prodi dijo  “Debemos restituir las ciudades a los niños”? Simplemente porque se las hemos quitado, sustraído o, si se prefiere, porque los hemos echado de nuestras ciudades. La ciudad, hasta hace unas pocas décadas  era el lugar del encuentro, del  intercambio, del paseo. Por esto debía ser, y era, aun con todas las contradicciones y las injusticias sociales, bella, rica en monumentos, en sorpresas, en perspectivas siempre nuevas.

En esta ciudad, los intereses y los hábitos de los ciudadanos eran salir de casa y vivir la ciudad, frecuentar las calles, las plazas y los lugares de encuentro. La casa era un lugar importante, pero ligado principalmente a las funciones primarias, toda la vida social, los intereses, la diversión se ubicaban en los espacios públicos de la ciudad.

Hoy todo parece dado vuelta: el deseo más fuerte que los ciudadanos experimentan es el de regresar lo más pronto posible a casa. La casa aparece rica y confortable, un lugar defendido frente al exterior, seguro y relajante hacia adentro. La ciudad se ha vuelto hostil, se la vive como un peligro que hay que evitar. Se intenta pasar de un lugar privado (la casa) a otro lugar  “privado” (el lugar de trabajo, la escuela, el gimnasio, el teatro, etc.) y para no correr el riesgo de los peligros de un preocupante cruce, se prefiere utilizar un medio privado: el automóvil. Los lugares público, que caracterizaban a la ciudad, aparecen abandonados, privatizados, como lugares de tránsito o de estacionamiento y considerados peligrosos. La continuidad de lugares privados y la desaparición de lugares públicos  caracteriza de alguna manera una “no ciudad”.

La ciudad era un sistema complejo, en el cual cada parte necesitaba de las otras. La casa tenía su importancia, pero era necesario salir para encontrarse con amigos, para ir a la biblioteca o al bar, al cine, al campo de deportes o a la parroquia. Era un espacio compartido en el cual ricos y pobres vivían cerca. En nuestras ciudades históricas italianas los palacios de los nobles, obra de grandes arquitectos, surgían al lado de las casitas de los artesanos. Hoy la ciudad ha elegido la separación, la especialización, renunciando a la estructura sistémica por aquella que los urbanistas han llamado zonificación(zooning). El ejemplo más clamoroso es el centro comercial, todo proyectado para que en su interior se satisfagan todas las necesidades del usuario, desde el estacionamiento hasta el cuidado de los niños, desde el banco hasta el restaurante, para que se pueda dedicar todo el tiempo posible a las compras. Pero la misma lógica vale para los hospitales, para los aeropuertos, para los museos. La lógica es que cuando se está adentro no se tenga necesidad de salir. Que cada espacio, que cada estructura tienda a ser autosuficiente. La misma lógica vale también para la casa. Hoy en día tenemos todo en su interior y cuando estamos adentro no tenemos necesidad ni deseo de salir. Adentro tenemos comida - y que puede conservarse durante meses -, libros, música, cine; la posibilidad de comunicarse con todos y de conocer noticias de todo el mundo; tenemos la posibilidad de comprar por internet.

La ciudad responde así a las exigencias de los ciudadanos adultos y productivos, que tienen por un lado una fuerte motivación para salir y los medios para hacerlo y por otro la necesidad de relajarse en una casa fortaleza y nido después de tanto trabajo y tanto stress.

Los otros ciudadanos, aquellos más débiles o simplemente menos interesados en los grandes traslados, pero que tendrían extrema necesidad de moverse en su pequeño ambiente, terminan por no poder más salir de casa o de hacerlo lo menos posible. Nuestras ciudades parecen no tener más viejos o minusválidos. En las calles no se ven niños que dividen su tiempo entre la escuela, las muchas actividades vespertinas (guitarra, deportes varios, idiomas) y la televisión.

En un tiempo, los ciudadanos que no veían la hora de salir de su casa pedían a sus gobernantes, ciudades donde se pudiera vivir bien afuera, donde fuera agradable pasear, encontrarse. Hoy, los ciudadanos que no ven la hora de volver a casa, piden a sus administradores una ciudad defendida, controlada, que garantice la seguridad privada.

 

¿Qué ha pasado? ¿Por qué la ciudad en los últimos decenios cambió tan profundamente sus características? Las respuestas dadas en estos últimos decenios  por administradores y técnicos de las ciudades, no están ligadas a un proyecto general, a una elaboración cultural, a una política, sino principalmente a los estímulos especulativos por una parte y productivos por otra. Por un lado la ciudad debió hacerse cargo de la acogida de un número increíble de nuevos ciudadanos, que han duplicado, triplicado y aún más el número de habitantes(1) Por otro lado fue necesario permitir que esta población productiva consiguiera puestos de trabajo: construir vías de comunicación; ofrecer transporte público; favorecer, con la construcción de autos pequeños, la compra de los mismos por parte de los obreros; facilitarles a los automovilistas las condiciones para moverse libremente y estacionar cerca de la casa y cerca del trabajo. Y además permitir que los trabajadores dejen a alguien a los niños y a los ancianos  y que no se hagan cargo directo de los minusválidos.

Para afrontar estas obligaciones enormes los políticos y los administradores pensaron en un ciudadano de referencia, en un parámetro, y eligieron un ciudadano varón, adulto, trabajador.

Pensaban así satisfacer las exigencias de la figura más importante de la familia, aquella que contribuía mayoritariamente al rédito familiar, pero también la más fuerte, la que condicionaba el consenso electoral. Quizás se pensaba también que satisfaciendo las necesidades del jefe de la familia se satisfacían automáticamente también las exigencias de sus hijos, las de su mujer y las de sus ancianos. Pero sabemos que no es así, y primero se dieron cuenta las mujeres, que comenzaron a reivindicar sus propios horarios, los servicios propios, una ciudad adaptada a las propias exigencias. Efectivamente, la ciudad que había elegido como ciudadano prototipo al varón, adulto, trabajador, se había olvidado de aquellos que no son varones, que no son adultos, que no son trabajadores.(2) Estas categorías sumadas representan la mayoría de la población. Esto significa que la elección decisiva de estas décadas se hizo a favor de una minoría, si bien poderosa, contra la mayoría de ciudadanos más débiles.

Y si se tienen dudas acerca de esta interpretación bastará observar el poder que en estos años  y en forma creciente, está conquistando en nuestras ciudades  el automóvil, que se puede considerar el “juguete” preferido de ese ciudadano varón, adulto y trabajador. El automóvil ha vuelto peligrosas las calles, ha ocupado los espacios públicos transformándolos en privados, ha contaminado el aire creando serios problemas para la salud de los ciudadanos y para la supervivencia de los monumentos, crea un ruido de fondo constante, obliga a servicios de reabastecimiento de combustible  y a señaléticas camineras que afean nuestras ciudades históricas.  Al automóvil, aunque tenga motor, se le reserva el nivel cero, el nivel calle, y les toca siempre a los peatones trepar a los puentes o bajar a los túneles y aun bajar de las aceras.

Por esto la mayoría de los ciudadanos tiene dificultades para recorrer las calles de la ciudad, cruzarlas, ir solos a la escuela, al correo, al mercado, satisfacer autónomamente las propias exigencias, ejercitar su claro derecho incluso en aquello más general  de la ciudadanía: el uso de los espacios de la ciudad, el poder recorrerlos con seguridad.

En esta ciudad el niño vive mal, porque no puede ejercitar las actividades esenciales  para su crecimiento.

 

Qué significa ser niños en la crisis de la ciudad de hoy

Sin tiempo libre. Los niños han perdido su tiempo libre en la ciudad moderna. Hasta hace pocas décadas la vida de un niño se dividía  entre el tiempo para la familia, el tiempo para la escuela y el tiempo libre. En este tiempo el niño salía de casa, buscaba a los amigos e iba con ellos a jugar. Naturalmente había reglas y límites de tiempo, espacio, de actividades impuestas por los adultos, pero era un tiempo en el cual los niños vivían experiencias propias sin la vigilancia directa de los adultos. Al fin de este tiempo, a menudo jugando y también peleando con los amigos, el niño volvía a casa sudado, cansado, sucio, hambriento y con muchas cosas que contarle a la mamá. En ese tiempo el niño podía vivir el emocionante encuentro con el obstáculo, con el riesgo y el placer de superarlo o la frustración de no haber podido hacerlo. Eran siempre obstáculos y riesgos adecuados a la edad y a la capacidad, afrontados a menudo con la complicidad de compañeros más grandes y expertos. Era éste el tiempo de la aventura, de la exploración, de la investigación, de la sorpresa, del descubrimiento, de la emoción, en suma del juego. Era el tiempo en el que los niños crecían y se hacían grandes  o por lo menos ponían las bases sobre las cuales, en casa con los padres, en la escuela con los maestros, con sus libros y delante de la televisión, construían  todo aquello que de adultos  debían saber y saber hacer.

Hoy este tiempo libre desapareció. La ciudad peligrosa impide a los niños salir solos de casa. Los padres prefieren que se quede en casa o que asista a escuelas vespertinas  de deportes, de danza o de guitarra y, si debe salir, lo acompañan, posiblemente en auto. En todo momento de su jornada es acompañado, controlado, vigilado, instruido por un adulto. Pero de este modo el niño no puede jugar, no puede encontrar obstáculos o riesgos (si el adulto está presente no puede permitirlo). El peligro grave  es que en nuestros niños y muchachos se  acumule un gran deseo de riesgos, de obstáculos, de peligros y que este deseo explote al inicio de la adolescencia cuando por primera vez el muchacho suelta la mano del adulto, sube  a una moto y tiene en el bolsillo las llaves de casa.

Por esto probablemente Federico, un miembro de 11 años del Consejo de los niños de Roma dijo a su Alcalde: “Queremos de esta ciudad el permiso para salir de casa”

 

 

Sin espacio público. Para jugar y para crecer un niño tiene necesidad de la ciudad, de toda la ciudad. Porque el espacio del juego y del desarrollo debe crecer con el crecimiento de la curiosidad y de las capacidades del niño. Será inicialmente su casa, luego las escaleras y el patio de la casa, después la acera y la plaza o el jardín de su barrio, luego las calles, los jardines y las plazas de su ciudad. Hoy los niños, olvidados por la ciudad, están recluidos en espacios dedicados a ellos, de la habitación de su casa,  al jardincito equipado para hacer jugar a los niños, a la ludoteca. A los niños se les impide interferir con los espacios y con la vida de los adultos y por lo tanto, no les es posible espiar y copiar  a los adultos  y a éstos tener en cuenta que “los niños nos miran”. El espacio de la ciudad fue privatizado por los automóviles y por las actividades de los adultos. Los niños deben crecer en espacios equipados con juegos estúpidos  y que nunca cambian adonde irán a los tres, siete, once años, siempre acompañados por un adulto, que lo vigilará para que no corra riesgos(y para que no se divierta).

 

 

Sin presente. El niño vive siempre proyectado al futuro. Vale por lo que será. Estudia, aprende, sufre porque esto le servirá en el mañana, cuando sea grande. No importa si hoy no entiende, mañana le será útil.

Éste es casi siempre el empleo que se hace de la educación: buscar lo más rápidamente posible el aprendizaje y se entiende por tal  el ser parecido a aquellos adultos que se proponen explícitamente o implícitamente como modelos: el padre, la madre, los maestros. Será bueno si es como ellos, si sabe hacer o repetir las cosas que ellos le han enseñado. A menudo el proyecto educativo les pide a los niños que renuncien lo más rápidamente posible a su “infantilidad” para asumir actitudes, conocimientos y habilidades adultos. Que renuncien rápidamente a las representaciones gráficas infantiles para aprender el uso de la perspectiva; que rechacen las teorías científicas ingenuas  para adoptar las “verdaderas”, explicadas por el maestro y garantizadas por el libro de texto; que desdeñen el “perder el tiempo” jugando para dedicar  más tiempo al estudio y a los deberes para la casa. En suma, aprender rápido a ser adulto. De este modo la infancia se reduce siempre más, los niños molestan siempre menos porque son siempre más precozmente parecidos a los adultos. En esta meritoria obra “educativa”, los adultos tienen una contribución de enorme valor, en la televisión y en los modelos que sus programas proponen.

 

Peligroso. Se margina a los niños de la vida adulta y de la ciudad. Hay una preocupación por evitar encuentros, superposiciones, espacios compartidos. Si los chicos están en sus lugares,  en el corralito, en su habitación, en su jardincito o en la ludoteca, los adultos pueden seguir haciendo su comodidad. Los niños fastidian. Pero los chicos siempre han molestado, los abuelos siempre se han enojado con los niños, pero siempre entendieron que debían soportarlos si querían que crecieran. Hoy sabemos tolerar el ruido del tránsito, el silbido lacerante de las sirenas y de las alarmas, pero impedimos que los niños jueguen después del almuerzo porque alteran nuestra siesta. No soportamos más que puedan interferir en nuestra vida, que puedan tocar nuestras cosas. Una pequeña anécdota significativa. Un niño, jugando a la pelota, rompe un vidrio. El dueño del vidrio roto sale de la casa gritando contra el niño. El padre del niño sale de la casa y tranquiliza al dueño del vidrio diciendo: “No se preocupe, mi hijo está asegurado”. Lamentablemente la anécdota es verídica. El niño puede producir daños y entonces, como corresponde en una buena sociedad de consumo, lo aseguramos por “daños contra terceros”. El niño da miedo. Por otra parte, la señal de tránsito que encontramos cerca de las escuelas y que representa dos chicos dentro de un triángulo, en las instrucciones para sacar la licencia de conductor, se define como “Peligro niños”. Que no significa “Atención, niños, que podríais encontrar automóviles “ sino “Atención, automovilistas, que podríais encontrar niños” Al niño en  la ciudad de hoy se lo considera un peligro.

Las jóvenes parejas europeas tienen dificultades para insertar a los niños en sus proyectos. Los hijos esperan muchos años antes de dejar la casa de sus padres. Inician experiencias de pareja sin asumir precisos compromisos formales, porque no se sabe cómo pueden terminar. Antes de tener un hijo lo quieren pensar bien, no se puede decidir superficialmente. ¿Y si después no nace sano? ¿Y luego seremos capaces de criarlo? Las condiciones sociales  no son las de antes. ¿Quién lo criará? Y el tiempo pasa. Los padres llegan a los cuarenta años y si al final deciden tener un hijo será imposible tener un segundo. Y estando sus vidas fuertemente ordenadas,  es con gran dificultad que logran hacerle un lugar a ese hijo y terminan por confiarlo más a los muchos productos comerciales  y a los muchos servicios públicos y privados que a su afecto y a su felicidad.

 

 

Vivimos en un tiempo de crisis

El cuadro presentado hasta ahora no es alentador, especialmente para las categorías más débiles. Pero lamentablemente la situación es todavía más grave y me parece correcto tomar conciencia. Estamos viviendo en un período de crisis profunda.

Una nueva combinación de fuerzas promovidas por la economía y por las políticas neoliberales y por la globalización hegemónica ha desequilibrado la complicada relación entre lo económico y lo social, entre lo individual y lo colectivo, entre lo privado y lo público. El ciudadano ideal es aquel que consume, un individuo con derecho a elegir en un mercado cada vez más grande, pero empujado a sentirse obligado a comprar y a consumir cada vez más. Esto pidió a los norteamericanos George Bush en septiembre del 2001, inmediatamente después del ataque a las torres gemelas, casi como signo de solidaridad, de piedad, de unidad nacional en un momento tan trágico: “No dejen de consumir, no dejen de comprar”. Esto es lo que pedía Berlusconi, el anterior presidente del Consejo italiano: no ahorro, no preparación prudente del futuro sino consumo. Nuestro presidente se vanagloriaba también de la primacía italiana en la relación automóviles/habitantes que en Italia es el más alto del mundo con unos 750 automóviles cada 1000 habitantes. El consumo es el motor de la economía moderna. El derroche y la regla del usa y tira  son las garantías del desarrollo. En este gran malestar internacional el ambiente natural aparece violado y destruido; las desigualdades que la enorme movilidad de los pueblos deberían atenuar y mezclar, en cambio se exaltan en un clima de creciente intolerancia y xenofobia; aumentan las desigualdades, las inseguridades, las injusticias. La esperanza de vida, que en los países ricos aumenta, en los países pobres disminuye. La riqueza aumenta proporcionalmente al aumento de la pobreza. El aumento del bienestar económico no se corresponde a un aumento de la felicidad y de la satisfacción de las personas. El futuro se presenta incierto y problemático.

Pero si dejamos las reflexiones de política general y entramos más profundamente en nuestras experiencias cotidianas, podremos reconocer aspectos de la crisis  aún más inquietantes.

La nuestra es probablemente  la primera generación de la historia, al menos  en nuestro registro, que no se está haciendo cargo del destino de aquellos que nos seguirán. Forma parte de la historia de nuestras familias europeas, especialmente las italianas y españolas, el aporte de abuelos y padres que afrontaron fatigas e incomodidades enormes; dejaron sus países y sus familias para emigrar lejos, por ejemplo a la Argentina, sin conocer la lengua y las costumbres; trabajaron como bestias en las minas, en las canteras, con horarios y condiciones ambientales para nosotros hoy incomprensibles e intolerables. Todo esto se justificaba con la esperanza de que  sus hijos y sus nietos pudieran vivir mejor, con más comodidad, pudieran estudiar, pudieran vivir con su familia.

Mi abuelo era analfabeto y verdulero y mi padre hizo la escuela primaria y era enfermero. Yo fui el primero de muchos nietos en graduarme. Mi abuelo y mi padre no se sintieron en absoluto celosos de mi éxito, por el contrario se enorgullecieron. Mi diploma justificaba  de algún modo tantas privaciones, tantos sacrificios, tantas humillaciones como debieron soportar en su vida. ¡Valía la pena!

Y con sus sacrificios efectivamente nuestros abuelos y nuestros padres supieron modificar significativamente nuestra vida. Piénsese sólo en las fatigas que debía soportar una mujer antes del lavarropas, antes de la heladera, antes de la plancha eléctrica (mi abuela  por ejemplo lavaba  a la orilla del río). Piénsese cómo el automóvil modificó nuestra vida, en el trabajo, en los traslados, en los tiempos. Supieron crear condiciones de vida y de bienestar  tales que nuestra esperanza de vida aumentó en más de diez años.

¿Qué cosa está haciendo nuestra generación?

Estamos conscientemente (ciertamente no nos falta información) destruyendo el mundo en el que vivimos y creando para nuestros hijos y nuestros nietos condiciones de vida peores que las nuestras De recientes investigaciones europeas resulta que la contaminación atmosférica esta produciendo una disminución media de vida de 9 meses para cualquiera de nosotros. (3) Según otras investigaciones la contaminación atmosférica y algunas sustancias presentes en el aire están creando daños irreversibles en el cerebro de nuestros niños. Nuestros hijos deberán vivir en un ambiente donde será más fácil morir por un tumor a causa de la contaminación atmosférica y donde será más probable tener afecciones cardiovasculares debido a la inmovilidad frente al televisor o la computadora, a los cuales condenamos de hecho a nuestros niños. En un reciente congreso, un investigador pediatra comunicaba que por primera vez en la historia humana conocida, la próxima generación, es decir la de nuestros hijos, tendrá una esperanza de vida menor que la de la generación anterior, es decir la nuestra.

Decía un jefe indio iroqués: “Nosotros miramos adelante porque uno de los primeros mandatos que nos han asignado a nosotros,  que somos los jefes,  es el de garantizar que cada decisión tomada por nosotros tenga en cuenta la prosperidad y el bienestar  de la séptima generación futura, y este es el fundamento de nuestras decisiones en la asamblea. Nos preguntamos: ¿Nuestra decisión beneficiará a la séptima generación? Ésta es nuestra regla”

No digo siete generaciones, pero ciertamente nuestros abuelos miraban hacia adelante y programaban al menos la vida de las generaciones inmediatas. Eran capaces de invertir en un futuro del que ellos no  gozarían, pero del que se beneficiarían sus hijos y nietos. Cada uno era artífice del futuro propio y de la propia familia. Partían sin ninguna garantía, dejaban las escasa seguridades de los afectos familiares, del dialecto comprensible, de la vida mísera pero segura, para afrontar en países desconocidos a afrontar humillaciones y fatigas enormes con el fin de construir un porvenir mejor, más digno a los propios descendientes.

Hoy ninguno de nosotros toma decisiones tan radicales. Hoy frente a una molestia, a una necesidad se pide la intervención de la autoridad, de la administración. Nadie se mueve.

Y el tiempo entonces es el de la política. No más las siete generaciones del jefe iroqués, no las generaciones futuras de nuestros abuelos, sino los cuatro años del político que hemos elegido para que represente nuestros intereses. Y el político nos explica que de hecho los cuatro años se reducen a dos porque el primer año es necesario ambientarse y entender  y el último, prepararse para las elecciones siguientes. El político a quien le hemos confiado el deber, que en otro tiempo era de los abuelos y padres, de representarnos y de prepararles el futuro a nuestros hijos, a menudo se preocupa más de la continuidad de su carrera política que del bienestar de sus electores. En este clima y con estas perspectivas crecen nuestros niños, en nuestras ciudades de hoy.

 

 

El tiempo de crisis pide el cambio

En esta sociedad nuestra que parece incapaz de aventurarse a un futuro próximo, se hace fuerte y urgente la demanda de cambio. Se tiene la clara sensación de que las ofensas inferidas en estos últimos años al ambiente podrían crear catástrofes en brevísimo término. Por primera vez se habla de transformaciones trágicas que podrían sobrevenir durante nuestra misma vida, como si las tragedias hubieran abandonado los tiempos largos de las generaciones para asumir los tiempos breves de la política. En pocos decenios, la suba de la temperatura atmosférica llevaría a la desaparición de las ciudades costeras. En pocos decenios se podrían agotar las reservas energéticas. Pero ya hoy nuestras ciudades no son capaces de soportar el número de automóviles que las recorren y deben inventar medidas ridículas como la de hacer circular en días alternos los autos con patente par y aquellos que la tienen impar. Todos saben que el problema real es que se debería reducir drásticamente el número de autos para devolver el aire, el espacio y el silencio a quien vive en la ciudad (a partir de los niños, de nuestros hijos y nietos), pero nadie se arriesga a hacerlo porque le haría perder el consenso, el poder, el sillón. Con vergüenza deberemos reconocer que nos interesan más nuestros automóviles que nuestros hijos.

En este punto, cuando se toca fondo, es posible que surja una fuerte y urgente demanda de cambio.

 

El niño entre la revolución y la profecía en la ciudad en tiempos de crisis.

En los tiempos de crisis surgen los revolucionarios o los profetas y quizás son dos palabras distintas para señalar a las mismas personas en momentos históricos distintos y en contextos culturales diversos.

 

 

El niño revolucionario. El subcomandante Marcos ,jefe de la resistencia indígena en Chiapas, Mexico, escribe hablando de los indios: “Si la humanidad tiene todavía esperanza de sobrevivir, de llegar a mejorar, estas esperanzas están en los bolsones formados por los excluidos, por aquellos que sobran, por aquellos que se pueden descartar.” (4)

 

Y dice así hablando de los indios, porque los indígenas reivindican sus raíces, su especificidad, sus diferencias y sus igualdades contra las leyes y las ilusiones de la globalización neoliberal. Los indígenas podrán salvar a México porque no renuncian a su historia, porque pueden afrontar el futuro con la fuerza de quien tiene las raíces profundas en la cultura de los padres.

Pero no todos tenemos indios en nuestros países. Quizás los indios del mundo sean justamente los chicos. Los niños son indígenas en sus propias familias, en las propias escuelas, en las propias ciudades, porque sus exigencias no han cambiado con la modificación de la política del consumo ni con la globalización económica. Los niños poseen un gran potencial revolucionario que los adultos deben tener el coraje de reconocer y encender; O, por el contrario, pueden seguir ignorándolo y sofocándolo. Un poco como sucedió con los indígenas, los blancos conquistadores podían matarlos  o volverlos inofensivos encerrándolos en reservas y embruteciéndolos con alcohol y bienes de consumo; o bien pueden darles la palabra  y abrevar de su inteligencia como está haciendo Marcos y su movimiento zapatista.

 

 

En tiempos de crisis surgen los profetas. A santo se llega por mérito propio, por el valor de las propias acciones, por el heroísmo e las propias opciones. Los santos merecen ser considerados tales. Los profetas no. Se llega a ser profeta por un llamado de Dios, a menudo contra la propia voluntad.

El profeta profetiza contra su misma voluntad, porque le ha sido pedido, porque está obligado.(5)

El profeta surge en tiempos de crisis y pide el cambio, el cambio real y radical.

El profeta denuncia, se indigna, y no se avergüenza, no se justifica, porque ésa es su inconsciente, involuntaria e irrenunciable misión.

El profeta no evita el conflicto, lo agudiza, lleva a la división, no propone pactos, no busca el consenso.

El profeta está contra el rey, está contra el poder, porque se contrapone a aquello que es más típico del poder: su proyecto, su  programa, sus certezas. Y a menudo está contra el pueblo que en cambio apoya al rey. (6)  Por esto el rey y el pueblo a menudo se pusieron  de acuerdo para matar al profeta.

 

 

El niño profeta. Los niños traen consigo el cambio, la novedad. Lo poseen sin saberlo, porque lo necesitan, no pueden renunciar a ello.

No es necesario elegir a los chicos, no importa que sean buenos o preparados, es suficiente que sean niños. Por esto, para formar el Consejo de los niños, usamos el sorteo: los niños que intervienen no tienen méritos, son simplemente niños y todos los niños son portadores de novedad.

También los niños, como los profetas, están contra el poder. Contra el poder de quien manda, contra la seguridad de los adultos que saben siempre qué es el bien, qué es el mal,   qué es la verdad. Están contra la prepotencia de los automóviles, la agresividad, de nuestra sociedad que prefiere evitar los conflictos humillando a quien es diferente y haciendo la guerra a quien piensa distinto.

El niño con su diversidad representa el conflicto.

Los niños son molestos, fastidiosos, irreductibles; por esto los adultos, incluidos los padres y los maestros, buscan matar a los niños: los empujan desde el nacimiento a ser grandes, renunciando precozmente a esa diversidad que los asusta.

Exorcizan la infancia “educándola”, cubriendo la novedad y la inquietud que conlleva con la seguridad y los hábitos adultos, con las comodidades, con los regalos y los bienes de consumo, con las “vianditas”, la televisión, los cursos vespertinos, la playstation, la ropa de marca. Los transforman lo más rápidamente posible en adultos.

 

Pero la posibilidad de que los niños puedan profetizar, como la de los indios, está en manos de los adultos. Ellos tienen la posibilidad de darles la palabra a los niños o de negársela. De favorecer su propuesta o protesta o de impedírsela.

Nosotros los adultos deberemos prepararlos para este futuro que no conocemos, éste es el desafío y la contradicción de la educación.

Don Milani, el sacerdote italiano que dedicó toda su breve vida a la educación de los chicos montañeses rechazados por la escuela pública, y que con sus muchachos escribió “Carta a una profesora”, en la “Carta a los jueces” escribe: “La escuela está fuera de vuestro ordenamiento jurídico (...)El muchacho por un lado es nuestro inferior porque debe obedecernos  y por otro es nuestro superior porque decretará mañana leyes mejores que las nuestras. Y entonces el maestro debe ser, en cuanto le sea posible, profeta, escrutar” los signos de los tiempos”, adivinar en los ojos de los muchachos  las cosas hermosas que ellos verán claras mañana y que nosotros sólo vemos confusamente”(7)

 

El adulto debe tener el coraje de darles la palabra a los niños y pedirles la ayuda que necesita para moverse realmente hacia el cambio.

 

 

Los niños pueden ayudarnos a cambiar la ciudad

Un político le preguntó a Filippo, un  niño del Consejo de los niños de Roma, de 9 años: “¿Qué pueden hacer ustedes, los chicos, por la paz?” La pregunta era banal y poco correcta: es evidente que los niños tienen poco que ver con nuestras guerras, no sólo no tienen ninguna responsabilidad sino que ni siquiera pueden entender cómo personas adultas preparadas y poderosas pueden imaginar y hacer una cosa tan estúpida como una guerra. Pero Filippo probablemente pensó como el Principito ”Son así. No hay que darle importancia. Los niños deben ser indulgentes con las personas grandes”. , y respondió al político: “Nosotros los niños no podemos hacer mucho por la paz, pero podemos ayudarlos a cambiar la ciudad.”

 

2. EL PROYECTO “LA CIUDAD DE LOS NIÑOS”

 

A la conciencia de esta situación tan preocupante de la necesidad de un cambio urgente y radical, se une la convicción de que los adultos no están dispuestos a renunciar  a privilegios que, aunque comprometen la salud y el bienestar de sus hijos y nietos, les asegura a ellos comodidades y ventajas. De estas consideraciones nace el proyecto “La ciudad de los niños” que invita a los alcaldes y administradores de las ciudades a cambiar el punto de referencia y asumir como parámetro al niño en lugar del ciudadano adulto y productivo(8). Al niño, no para asignar mayores servicios o recursos a esta categoría social, sino que se elige al más pequeño para que sirva de garantía  a todos; el más alejado de las lógicas y de las mentalidades de los adultos, para garantizar atención y escucha a las exigencias de todos. Se trata de una nueva filosofía de gestión  de la ciudad donde el niño asume el valor paradigmático del otro, y por lo tanto de todos los otros.

Los más pequeños no sólo representan las necesidades de todos los ciudadanos, sino también  las necesidades de la ciudad considerada como un gran ecosistema, hoy gravemente enfermo.

Todos los malestares que hoy se reconocen en la ciudad moderna corresponden a los sufrimientos de los niños: la ciudad sufre por el desarrollo en zonas separadas y especializadas y los niños necesitan un ambiente articulado, complejo, compartido; la ciudad sufre por los grandes complejos habitacionales que producen molestia social, marginación y mala vida, y los niños sufren por la imposibilidad de encontrarse en estos ambientes peligrosos, sin verde y sin plazas; la ciudad sufre de tránsito, de contaminación, de ruido y los niños sufren la inseguridad que les impide vivir libremente sus experiencias necesarias de exploración y juego.

En este sentido podemos decir que el niño es un sensible indicador ambiental y cuando el niño esté bien  y pueda recorrer las calles de la ciudad, significará que la vida habrá  reencontrado su función natural de lugar de experiencias compartidas, cooperativas y solidarias. Este es un modo correcto de proponer un desarrollo sostenible.

Me sorprende siempre el desconcierto de tantas personas frente a esta propuesta, a menudo considerada  extraña o utópica. No debería representar nada nuevo para nosotros, cristianos, si hace dos mil años Jesús decía”: Si no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos”  ( Mt.18, 3). Probablemente se sigue pensando que Jesús bromeaba o que hablaba con metáforas o paradojas!

 

El proyecto “La ciudad de los niños” se mueve sobre dos ejes principales: la devolución a los niños de la autonomía de movimiento y la participación de los niños en el gobierno de la ciudad.

 

La autonomía. La autonomía de movimiento, los chicos siempre la tuvieron y la perdieron en los últimos decenios. Acerca de las causas y de los efectos de esta grave pérdida ya se ha hablado. En las ciudades que adhieren al proyecto se propone iniciar un recorrido de restitución

De la autonomía a los niños a través de la experiencia de ir solos a la escuela. Consideramos que si los niños regresan a las calles nuestras ciudades serán mejores: el tránsito será más respetuoso y el cuidado y la solidaridad de los ciudadanos garantizarán una mayor seguridad.

 

La participación. Participación, en cambio, los chicos nunca tuvieron. Es evidente que, si hace sólo 60 años las mujeres italianas pudieron participar del voto político, es difícil pensar que  a alguno se le haya ocurrido una participación infantil!

Por otra parte hasta hace un siglo nadie creía que los primeros años de vida del niño tuvieran alguna importancia  para el desarrollo posterior y se consideraba que las experiencias importantes comenzaban con el inicio de la escuela primaria, con los primeros grandes conocimientos civiles(leer, escribir, hacer cuentas) y religiosos (los primeros sacramentos). Pero Freud a quien le preguntara cuál había sido el año más importante de su vida, le respondía sin titubeos “¡Ciertamente, el primero!. Y después de Freud, Piaget, Vigotsky, Bruner nos han ayudado a entender que no existen años más importantes que los primeros en la historia de una mujer y de un hombre. Nos han ayudado a entender que un niño es rico y competente desde los primeros días de vida. Que, por lo tanto, está capacitado para tener ideas propias, distintas de las de los adultos y expresarlas.

Pero hay también una novedad en el plano legal. La Convención de los derechos de la infancia, aprobada el 20 de noviembre de 1989 por las Naciones Unidas en Nueva York, afirma sin sombra de duda la plena ciudadanía de los niños. La Convención, que no fue pedida ni pretendida por los niños, fue suscripta por casi todos los estados del mundo y por lo tanto debería ser considerada legalmente vinculante. Y casi en su totalidad fue incluida en la legislación nacional, convirtiéndola así en ley ordinaria y vinculante.

La participación de los niños está claramente sostenida en el artículo 12 que dice: “Los Estados participantes garantizan al niño capaz de discernimiento el  derecho de expresar libremente su opinión sobre toda cuestión que le interese, siendo las opiniones de los niños debidamente tomadas en consideración, teniendo en cuenta su edad y su grado de madurez”

 

Esto significa que los adultos, cuando toman decisiones que atañen, interesan a los niños, deben consultarlos y tener en cuenta sus opiniones. Esto no es una sugerencia amistosa o una idea  innovadora, es, más prosaicamente una obligación legal. Debería ser habitual, por lo tanto, consultar a los hijos cuando se deban tomar decisiones familiares como por ejemplo mudarse, tener o no otros hijos, separarse o divorciarse. Debería ser práctica cotidiana en las escuelas de cualquier orden y grado,  consultar a los alumnos y tener en cuenta sus opiniones. Si esto no ocurre, y por lo que conozco no ocurre, excepto en rarísimas experiencias, la escuela se considera ilegal (en el sentido fuerte del término, es decir que viola las leyes del Estado). Se debe considerar desconcertante que la escuela, que por los programas está dedicada a la formación de los ciudadanos y que entre sus disciplinas figure la Instrucción Cívica, no respete las leyes del Estado.

Finalmente, debería ser habitual para un alcalde consultar a los pequeños ciudadanos pues, aunque no vivan en la ciudad sólo niños, es difícil imaginar una decisión tomada por una Junta o un Consejo comunal que no interese también a los niños. Pero a diecisiete años de la aprobación de la Convención en Naciones Unidas, ninguno ha proclamado estos deberes con suficiente claridad, ni se preocupó por definir formas adecuadas de consulta y participación de los niños en la vida de la familia, de la escuela y de la ciudad.

En lo que respecta a la ciudad es innegable que el garante de los derechos de los niños debe ser el alcalde y por tanto el alcalde debe encontrar formas adecuadas para la realización de la consulta a los niños.

El proyecto “La ciudad de los niños” propone dos experiencias de participación de los niños en la vida pública: el Proyecto participativo y el Consejo de los niños..

El proyecto participativo consiste en lo siguiente: un ejecutivo, con poder y recursos económicos, confía el proyecto de un espacio, de una estructura, de arreglos u otra cosa, a un grupo de niños asistidos por un experto adulto. La obligación del experto no será enseñar a los niños a proyectar sino la de hacer posibles o realizables las ideas creativas e innovadoras de los chicos.

 

 

El Consejo de los niños.

Para dar una correcta respuesta a lo previsto por el artículo 12 de la Convención y para poder esperar un cambio real, nuestro proyecto sugiere a los alcaldes crear un Consejo de los niños(9). Se trata de un grupo de niñas y niños que “dan consejos” al alcalde, No quiere parecerse en nada al Consejo comunal y por lo tanto no imita las modalidades de constitución,

Las estructuras y los procedimientos. El consejo está formado por niños y niñas  pequeños para que mejor sepan interpretar  de modo radical la diversidad, la alteridad respecto del adulto.

Suele estar formado por alumnos de cuarto y quinto elemental, varones y mujeres en partes iguales, que permanecen en el cargo por dos años y que se eligen por sorteo. Se evita así toda relación con el mérito aumentando la responsabilidad (los niños sienten que deben hacerse merecedores de un cargo tan importante, llegado por casualidad). No siendo la copia del Consejo comunal, no hay un “baby alcalde” ni asesores. El Consejo nace por un pedido y un mandato explícito del alcalde, que pide ayuda y consejos a los niños. Para comprender la delicada relación que se establece entre el alcalde y los niños valga como ejemplo el de la ciudad de Roma, con la que trabajo desde hace algunos años.

La ciudad de Roma adhirió al proyecto internacional “La ciudad de los niños” en 2001, al comienzo del primer mandato del alcalde Veltroni quien, el 20 de noviembre (día de los derechos de los niños), abriendo en el Campidoglio el primer Consejo de los niños de la ciudad, les dijo”: He querido esto porque necesito de vuestra ayuda y de vuestros consejos. A menudo los grandes se olvidan de qué significa ser niños y esto produce graves errores y de estos errores nacen las ciudades donde se vive mal y especialmente los niños viven mal. Desde hoy comenzamos a trabajar juntos porque queremos cambiar esta ciudad.”

La afirmación del alcalde es precisa y comprometedora. Declara sobre todo que los adultos no tienen la capacidad de valorar en su justa medida las opiniones de todos (porque se olvidan de qué significa ser niños) y por esto es justo que pidan ayuda y consejo a los más pequeños, coherentemente con lo expresado en el art.12. Es significativo que un alcalde importante y  poderoso como el de Roma reconozca y declare públicamente tener necesidad  de consultores atípicos como los niños. Es un alcalde que tiene todos los consultores y colaboradores que quiere, tiene asesores, dirigentes, pero son todos adultos como él.

Pero el alcalde va todavía más allá. El pedido de ayuda no finaliza con la satisfacción de los niños y de sus necesidades, que ya sería un fin digno y justo, sino con el cambio de la ciudad. Los niños asumen por lo tanto un rol netamente político administrativo: deben ayudar al alcalde a cambiar y por ende a mejorar la ciudad.

Desde ese día, la vida del alcalde, de la Junta y del Consejo comunal de Roma se ha vuelto más complicada porque los chicos son meticulosos, testarudos y piden cuentas de aquello que se les prometió.

 

 

 

¿Pero cuáles son las ideas de los niños que le sirven al alcalde?

En su relación con los adultos, ya sean los padres, ya los maestros, los niños saben que los grandes esperan  de ellos que demuestren “haber crecido” y “haber aprendido”. ¿Y qué significa crecer y aprender? Significa abandonar progresivamente los modos de ser, de pensar y de hacer como niños y asumir los de los adultos. Cuando un adulto pregunta o pide el niño sabe que se lucirá si responde según lo que el adulto le ha enseñado o según lo que el adulto piensa. Pero si los niños le dicen al alcalde lo que escuchan de la televisión, de sus padres o de sus maestros, no serán de ninguna utilidad, porque el alcalde esas cosas las conoce demasiado bien, porque son las que le piden todos los ciudadanos y en el fondo son aquellas que piensa también él. Las que le sirven al alcalde son las verdaderas ideas de los niños, su punto de vista, el mundo como lo ven ellos. Y sirven justamente porque son distintas de las de los adultos, porque revelan aspectos  descuidados de los adultos o que los adultos han olvidado. Cuando un niño dice una cosa rara, a las que me gusta llamar “estupideces”, casi ciertamente hay algo de útil, de bueno para profundizar con la contribución de todos.

 

 

Algunos ejemplos

Con los ejemplos que siguen se podrá comprender mejor la delicada dinámica que se instaura con la participación de los niños en el gobierno de la ciudad y entender qué ciudad, qué ambiente urbano nos proponen los niños.

 

 

 

“Hagamos la mitad”

Durante un encuentro con el Consejo de los niños de Asti, pregunté qué cosa no andaba bien, según ellos, en la ciudad. En ese Consejo estaban presentes también muchachos de las escuelas medias y justamente ellos dijeron en primer lugar que en Asti había pocos estacionamientos. Ante mi pregunta un poco estupefacta de por qué se preocupaban por esto, respondieron que sus padres no podían nunca encontrar estacionamiento. Un caso evidente de cómo los chicos tienden a dar las repuestas que, según ellos, el adulto espera, aquellas inteligentes, aquellas que darían los adultos mismos. Pero Aurelio, de 9 años, cuarto elemental, dijo:” No, para mí los estacionamientos son demasiados”. Esta era evidentemente una propuesta suya, infantil, ciertamente no sugerida por los adultos, una típica ”estupidez”  infantil. Le pregunté por qué el exceso de estacionamientos era un problema para él y Aurelio me explicó que así los niños no tienen lugar para jugar. Le respondí: “Mañana yo me encontraré con el alcalde de ustedes y con la Junta, ¿qué quieren que proponga en su nombre?”. Pensó un segundo y propuso:”Diles que podría hacer la mitad”. Una propuesta aparentemente extraña, que hace sonreír a los adultos, pero bien mirada es muy seria y hasta generosa. El niño reivindica la necesidad de espacio para jugar y sabiendo nosotros qué importante para el desarrollo de los niños es el juego, no podemos, por cierto, decir que sea una propuesta banal. Es generosa porque considera a los niños al mismo nivel que los automóviles. Aurelio con esta propuesta nos obliga a una amarga reflexión porque de hecho nos dice: “Sé que mi padre y el alcalde no me quieren a mí más que a sus autos, por lo tanto pido que nosotros los chicos seamos tratados al menos como los autos,” ¡Qué humillación para nosotros, adultos! El día después llevé la propuesta a la Junta y sugerí al alcalde que la llevara al Consejo comunal donde los consejeros adultos debían finalmente decidir si preferían sus automóviles o sus hijos! Sé bien que no se consigue aceptar la propuesta de Aurelio, pero discutirla podría servir al menos para avegonzarnos un poco y quizás, empezar a considerar que estamos recorriendo un camino absurdo e injusto.

 

 

 

 

“Queremos el permiso de esta ciudad para salir de casa” 

Los niños consideran inaceptable que una ciudad no permita a una parte de sus propios ciudadanos disfrutar de sus espacios públicos. El Consejo de los niños de Roma dedicó a este problema un año entero de trabajo y en la reunión final de junio de 2002, que como de costumbre, el Consejo de los niños mantiene con el Consejo comunal, con el alcalde y con la Junta, Federico, un consejero de 11 años, sintetizó el trabajo desarrollado con esta solicitud:

“Queremos el permiso de esta ciudad para salir de casa”

Un pedido sorprendente porque un niño puede pedir este permiso sólo a sus pares y sólo ellos pueden concederlo o negarlo. Pero Federico sabía que los padres lo niegan “ porque la ciudad no lo permite” y entonces va al alcalde y le dice “entonces dámelo tú el permiso para salir de casa”. Desde entonces la propuesta de Federico se transformó en un programa de trabajo para la ciudad de Roma, que se interroga sobre cómo es posible aumentar la autonomía de los niños en una ciudad tan grande y tan compleja. El problema es importante porque contempla uno de los temas más sensibles en el debate actual y probablemente del futuro de nuestras ciudades, el de la seguridad urbana.

La propuesta más común para resolver el problema de la seguridad urbana es el aumento de la defensa: aumento de defensas individuales, desde puertas blindadas hasta armas personales, aumento de defensas sociales desde la policía hasta las telecámaras en las calles. Pero estas soluciones se han demostrado siempre ineficaces, si es verdad que los Estados Unidos, que son el país donde se invierte enormemente más para la defensa, sigue siendo un país altamente inseguro. (10) De esto estaban convencidos los habitantes de algunos municipios del Gran Buenos Aires, el gran cinturón urbano que circunda a la ciudad de Buenos Aires, quienes, cansados de las continuas violencias y robos que sufrían sus niños,  decidieron no pedir mayor presencia policial sino mayor participación de los habitantes de los barrios para garantizar a los niños en los recorridos casa-escuela, según las indicaciones de nuestro proyecto “La ciudad de los niños”. (11)Se involucraron los comerciantes y los artesanos, los ancianos y los ciudadanos para que se recreara una vigilancia social sobre los recorridos de los chicos y, según los testimonios de los promotores, los actos de criminalidad en relación con los niños disminuyeron significativamente. La propuesta se difundió en muchos municipios y se está consolidando también en la Capital Federal. En agosto de 2005 en la Ciudad de Buenos Aires se celebró un Convenio sobre Seguridad urbana y el responsable de este servicio en la ciudad declaró que en los Municipios donde se desarrollaba esta iniciativa se había registrado una disminución de los actos de criminalidad urbana, al menos del 50%. Esta iniciativa tomada en Argentina es la misma que en muchas ciudades italianas se está proponiendo con éxito, llamada “Vamos solos a la escuela”, que propone a los niños de la escuela elemental, de seis a once años, ir a la escuela con sus amigos y sin la compañía de los adultos.

 

 

“Los adultos deben ayudarnos pero de lejos”

Los consejeros del Consejo de los niños de Rosario, donde los niños corren reales peligros de agresiones y de robos, reivindicaron igualmente su derecho a la autonomía. A mi pregunta sobre cómo sería posible alcanzar este objetivo, después de varias propuestas conformistas(que repetían lo que habían escuchado de sus padres, de sus maestros y de la televisión), como “Más policía”,”más control de los adultos”, “más telecámaras”un niño hizo esta afirmación”: Los adultos deben ayudarnos pero de lejos”. Una propuesta nueva, imprevisible y que pide un cambio: los adultos no deben comportarse como padres, privadamente, cada uno con su propio hijo, sino como ciudadanos, creando seguridad social, preocupación, solidaridad. He recogido esta propuesta. Los niños consideraron correcta la propuesta de su compañero y la enriquecieron con nuevas ideas y sugerencias.

-          Ezequiel:”Cuando seamos grandes no nos van a poder acompañar y vamos a tener miedo”

-           Nicolás:”Si nos dejan libres dejan de ser padres

-          Lila       “Si nos dejan y nos observan comprenderían que somos autónomos

-          Agustín: ”Pueden hacernos ser independientes mostrándonos que a veces no hay peligro”

-          Ezequiel: ”Cuando estás con otros chicos no tenés miedo. Es menos probable que te asalten”.

-          Victoria: ”La culpa de todo es de los grandes. Hay que ponerles límites a los adultos.”

-          Herman: “Es fácil (crear seguridad). Bastan dos padres tomando mate en cada cuadra(12)

 

Son observaciones de niños de 9-11 años Cada una merecería un análisis atento. A menudo bajo la aparente ingenuidad nacen ideas de gran fuerza y que requerirían de nosotros, los adultos, gran apertura y disponibilidad para ser aceptadas. Me limito a algunas anotaciones.

Las dos propuestas de Ezequiel sobre el miedo merecerían una atenta consideración. Si no nos dan autonomía desde pequeños, dice el niño, cuando seamos grandes y ustedes no estén más para acompañarnos, tendremos miedo. Una denuncia,  que lamentablemente,  responde plenamente a las condiciones de muchos adolescentes y jóvenes  que tienen miedo de comprometerse, de arriesgar, de vivir. Y la otra observación sobre estar entre otros: si somos muchos es más seguro. Los niños, en la calle, se dan seguridad entre sí y generan seguridad para todos.

La denuncia dramática de Nicolás: Si nos dejan libres cesan de ser padres. La idea de que un padre es tal si es patrón, si niega la libertad, si impone sus reglas. Quizás Nicolás piensa que es justo que sea así, pero eso es todavía peor.

Lila tiene posiciones similares. Sabe que si los padres observaran serenamente a sus hijos, comprenderían que merecen mucha más libertad de la que tienen.

No siempre hay peligro hace notar Agustín, y para volvernos independientes bastaría ayudarnos a entender cuándo el peligro no existe. Una propuesta extraordinaria porque es exactamente opuesta al pensamiento y al comportamiento habitual de los adultos, que piensan que defienden mejor a sus hijos si les infunden miedo a todo, a las personas, a la eventualidad de los peligros.

Lapidario el juicio de Victoria, una niña de 10 años: la culpa de todo es de los adultos. ¿Podemos oponernos a esta denuncia? Si observamos el estado del ambiente, los daños de la contaminación, la degradación de las ciudades, la soledad de los niños, el hambre creciente del mundo, mientras crece nuestro bienestar, ¿cómo contestar a un juicio tan duro y definitivo? Y entonces es justa la consecuencia que la niña extrae: es necesario poner límites a su poder.

Finalmente llega la fantástica propuesta de Herman. Para convertir en segura una ciudad es suficiente que haya niños por la calle y para que los chicos puedan estar en las calles y en las plazas basta con  que estos lugares no estén abandonados, desiertos. Basta con que haya adultos presentes No para vigilar a los chicos, sino para hacer sus cosas(tomarse un mate). El hecho de que estén da seguridad a los niños y devuelve a los niños a la ciudad.

 

 

“Que no esté prohibido jugar”

La segunda condición necesaria para poder jugar, una vez que se pueda salir de la casa sin control y que se tenga tiempo libre para hacerlo, es tener lugares adonde ir. A propósito de esto, los niños del Consejo de los niños de Roma hicieron un descubrimiento inquietante:

En el Reglamento de la Policía Urbana, el art.6 sostenía: “Está prohibido cualquier juego en lugares públicos”. Considerando que este artículo se oponía al art. 31 da la Convención de derechos del niño, escribieron al alcalde pidiéndole que modificara ese artículo. El alcalde respondió a los chicos reconociendo acertada su propuesta y prometiendo cambiar el artículo 6 del Reglamento. Después de un año, el Consejo comunal aprobó el nuevo art.6 que dice: “La Comuna, respetando el art.31 de la Convención de la ONU del 20/11/ 1989 sobre los derechos del niño, de la Ley N° 176 del 27/5/1991, favorece el juego de niñas y niños en las áreas  sujetas a uso público”

Después de esta victoria los niños del Consejo han dado otro paso y escribieron una carta a las asambleas de copropiedad de toda la ciudad, invitándolas a rever los reglamentos de copropiedad que a menudo limitan o prohiben el juego de los niños. El alcalde se declaró de acuerdo también con este segundo pedido de los chicos y podría acompañarla con su invitación personal a los ciudadanos romanos. La protesta de los niños romanos pues, podría tener importantes consecuencias: hacer desaparecer de los lugares públicos de la ciudad los carteles que prohiben el juego, abrir un debate en toda la ciudad sobre los derechos de los niños a jugar en los espacios comunes de sus casas y de sus condominios y esperamos, provocar un fenómeno similar en otras ciudades que casi siempre tienen artículos de Reglamento de la Policía Urbana similares al artículo 6 de Roma.

 

 

Los líquenes del Vesuvio

Sobre el Vesuvio nace un liquen, el Stereocaulum vesuvianum , que es capaz de colonizar sobre la lava. Esta plantita puede penetrar la roca, desmenuzarla y transformarla lentamente en terreno fértil, donde podrán crecer las vides que producen los apreciados vinos vesuvianos.

Los niños pueden ser los líquenes de nuestras ciudades: con su presencia, invadiendo con sus juegos los espacios públicos, son capaces de modificar los comportamientos de nosotros adultos, obligándonos a respetar más el ambiente donde vivimos y donde vivirán nuestros hijos y nuestros nietos.

 

APÉNDICE

 

Una escuela de democracia

Trabajé con la escuela y en la escuela, como investigador, durante cuarenta años. Partcipé en varias propuestas de renovación  metodológica y  pedagógica y sigo ocupándome de la educación escolar y extraescolar. Pero hasta que no me ocupé de la ciudad hasta que no me pareció absurdo que los chicos no tuvieran en la ciudad voz ni poder, aun siendo ciudadanos, hasta que no comenzamos a realizar formas concretas de participación de los niños en la modificación y en el proyecto de la ciudad (del Consejo de los niños al Proyecto participativo), hasta entonces no me había dado cuenta de que en la escuela los niños no cuentan para nada.

Nadie se preocupa de conocer su parecer. Los órganos escolares reconocen la participación estudiantil sólo en las escuelas medias superiores. Es como si los chicos de tres, ocho, doce años no tuvieran ideas, opiniones, preferencias. Por otra parte no asombra a nadie, ni a los maestros, ni a los padres, ni menos a los mismos niños que los alumnos no amen su escuela, que vayan de mala gana, que deseen la llegada del recreo, del domingo, de las vacaciones.    

En la ciudad empiezan a pensar que no pueden prescindir de la contribución de los niños, sin embargo la ciudad no fue hecha sólo para ellos. En la escuela seguimos ignorándolos, aunque fue hecha sólo y expresamente para ellos. En la ciudad creamos un Consejo de los niños, pidiendo a cada escuela de la ciudad el envío de dos representantes, pero las escuelas de la ciudad no han pensado, hasta ahora, en darse ellas también, interiormente y para su propio funcionamiento, una organización democrática. Sin embargo la Convención de los derechos de la infancia debería valer también y especialmente en las escuelas y el artículo 12 afirma que los niños de todas las edades tienen derecho de expresar su parecer cuando se tomen decisiones que los afecten.

 

La escuela de todos los niveles dedica tiempo a la educación cívica. O sea que intenta enseñar las bases de la democracia, pero la democracia no se puede enseñar, es necesario vivirla. Este podría ser un primero e importante deber que la escuela asume, haciendo propia la filosofía de este proyecto: crear ocasiones de real participación democrática en su gestión, por parte de los alumnos de todos los niveles.

Esta propuesta podría realizarse dando la importancia más alta a la asamblea de clase, que podría declarar dos representantes, un varón y una mujer, para formar el Consejo de escuela de los niños. Los representantes podrían encontrarse periódicamente entre sí para discutir los problemas de la escuela y las propuestas para avanzar. Podrían encontrarse solos o con un maestro encargado de seguir las tareas del Consejo. El dirigente escolar podría pedir la convocatoria del Consejo para discutir con los representantes de los alumnos los distintos aspectos de la vida escolar, para tener su opinión sobre propuestas nuevas, para conocer su punto de vista para la solución de eventuales problemas.

El Consejo, en algunas ocasiones particulares podría encontrarse con el Consejo del Instituto o con el Colegio de Docentes para comunicar propuestas y protestas, exactamente como ocurre con el Consejo de los niños y el Consejo comunal.

Sería de desear que el Consejo de escuela tuviera un espacio donde encontrarse, para arreglarlo libremente. Podría tener recursos económicos, tal vez reunidos con la iniciativa de los mismos estudiantes, para ser administrados; un espacio mural libre y reservado a la comunicación con los compañeros de escuela. Podría tener una cantidad de horas para usar según las propias indicaciones. Los estudiantes de las  escuelas superiores mandan desde hace algunos años señales precisas con sus experiencias de autogestión. Sería distinto si todos los estudiantes, a partir de los primeros años  de escolaridad, tuvieran espacios y tiempos propios, para expresarse, para protestar pero también para proponer y para organizar.

Naturalmente esto no significa afirmar que la escuela debe ser organizada como quieren los alumnos: quiere decir que no tiene sentido pensar, administrar, organizar la escuela con prescindencia de lo que los alumnos piensen. Quiere decir tenerlos en cuenta. Pero quiere decir también poner en existencia una experiencia de democracia, a veces directa, a veces delegada, que podrá valer ciertamente mucho más que tantas lecciones de instrucción cívica.

Esto no cambiará ciertamente la situación general, pero podría ayudar a los alumnos a sentir la escuela menos nuestra y más suya.      

 

 

 

 

        

 

                                                  NOTAS

 

NT * En italiano, asilo nido. Recibe  a los niños hasta los tres años. Lo traduciremos como                jardín maternal.

 

(1)     Roma al final de la segunda guerra mundial tenía cerca de un millón de habitantes y en treinta años ha alcanzado los tres millones. Ciudad de México en el ´45 tenía también un millón de habitantes y ahora tiene casi veinte millones! Seguramente lo mismo se podrá decir de Buenos Aires y especialmente del Gran Buenos Aires. (N. del A.)

(2)      Es necesario reconocer que hoy una parte de las mujeres (adultas, trabajadoras y automovilistas) comparte con los hombres las responsabilidades y los privilegios de esta condición de ciudadano parámetro. (N.del A.)

(3)     Según una investigación de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en Europa mueren cada año 288.000 personas por culpa de los polvos finos. Haciendo un promedio se puede decir que a  cada habitante de la Unión Europa los polvos finos le roban 9 meses de vida. (N.del A.)

(4)     Subcomandante Marcos, La quarta guerra mondiale ‘e cominciata, publicado en Italia como suplemento del diario Il Manifesto, Roma 1997,pp.43-44

(5)     Dice Jeremías(20,7-9) “Me has seducido, Señor, y yo me he dejado seducir, Te esforzaste y has prevalecido. Soy objeto de burla todo el día, cada uno hace burla de mí. Cuando hablo debo gritar: “Violencia! Opresión!” Así la palabra el Señor llegó a ser para mí motivo de oprobio y de afrenta cada día. Me dije: “No pensaré más en El, no hablaré más en su nombre!” Pero en mi corazón había como un fuego ardiente, encerrado en mis huesos; me esforzaba por contenerlo pero no podía.”(N.del A.)

(6)     Dice Samuel 1(8,17-20) “Pondrá el diezmo sobre vuestros rebaños y vosotros seréis sus esclavos, entonces gritaréis a causa del rey que habéis querido elegir pero el Señor no os escuchará”. El pueblo no le hizo caso a Samuel y se negó a escuchar su voz, mas gritó: “No, que haya un rey sobre nosotros. Seremos también nosotros como todos los pueblos; nuestro rey nos juzgará, saldrá a nuestro frente y combatirá en nuestras batallas”. (N.del A.).

(7)     La “Carta a los jueces” está publicada en L’obbedienza non é piú una virtú, Firenze, Libreria Editrice Fiorentina,1969,p.37.Traducción castellana Defensa Armada o Defensa popular no violenta, Barcelona,Nova Terra,1977.(N.del A.).

(8)     El proyecto “La ciudad de los niños” nace en 1991 en Fano y, a través de una serie de Convenios y encuentros desde los primeros años se forma una red de ciudades que se reconocen en sus propuestas. En 1996, el Laboratorio internacional se muda al ISTC del CNR de Roma y desde aquí se organiza la red internacional, aquí llegan productos y materiales de apoyo a las iniciativas de Roma y en Roma se organizan los encuentros internacionales anuales. En el 2001 la ciudad de Roma adhiere a la red asumiendo el rol de primera entre las ciudades. Hoy la red está compuesta de aproximadamente 100 ciudades italianas, una veintena de pequeñas ciudades españolas en torno a Barcelona y Valencia y las principales ciudades argentinas, entre las cuales, Buenos Aires y Rosario. Para un conocimiento más profundo de las motivaciones y de las propuestas del proyecto se pueden leer dos libros: F.Tonucci, Bari, La citta dei bambini, Latterza, 1996; F.Tonucci, Se i bambini dicono: Adesso basta!,Bari, Laterza, 2002; y consultar el sitio web: www.lacittadeibambini.org (N.del A.)

(9)      Se aclara que con este nombre o con nombres parecidos se llaman a menudo experiencias totalmente distintas de la que se presenta aquí. Estas experiencias retoman una propuesta francesa de los años setenta de educación cívica. Para hacerles entender a los alumnos el funcionamiento del Consejo comunal se propone a los jóvenes revivir la formación y las actividades en una especie de juego de rol. Estos consejos se llaman habitualmente Cosigli Comunali dei Ragazzi (CCR) e involucran niños de las escuelas elementales y jóvenes de las escuelas medias. La elección de los consejeros  se realiza según las normas de la elección de los alcaldes, después de una campaña electoral y de la presentación de los programas-proyectos. El candidato ganador será el alcalde, nombra una junta y lleva como programa el proyecto de su coalición que se realizará con fondos puestos a disposición por el Consejo comunal. (N.del A.)

(10) Frente a las casi 3000 víctimas del terrible atentado del 11 de setiembre de 2001, en el mismo año, en los Estados Unidos murieron 30.000 personas por accidentes por uso de armas de fuego(fuente Mann, M, L’impero impotente, Piemme, 2004)(N.del A)

(11) Clarín, el diario argentino más difundido, dedicó a esta iniciativa varios artículos. El 16 de julio de 2003, en un artículo titulado “La gente se une para cuidar a los chicos camino al colegio” hace explícita referencia al proyecto “La citta dei bambini”y afirma la fuerte reducción de actos criminales después que el vecindario, los comerciantes y los ancianos se movilizaron para garantizar la seguridad a los niños que van a la escuela en los Munucipios de Burzaco, Adrogué, Rafael Calzada, Martínez y Villa Adelina.