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IDENTIDAD CATOLICA DE José Leonardo Rincón, S.J.[2] Introducción Con alegría y mucha emoción
regreso a “mi Buenos Aires querido…”. Agradezco
a la dirección del CONSUDEC su invitación y en particular a Mons. Hugo
Salaberry por este gesto de amistad y aprecio. Fue por esa amistad y aprecio suyo que
acepté estar por tercera vez en este Curso de Rectores, que resultó ser
también, ni más ni menos que el XXI Congreso de Me he sentido abrumado y hasta
desbordado por la cantidad de textos escritos sobre educación y educación
católica. No puedo pretender y menos presumir de querer con esta Conferencia
decir más allá de lo que los grandes documentos eclesiales han dicho sobre Creo que se han dicho muchas cosas valiosas y se han dicho reiterativamente, como quien dice no sólo para ratificarlas sino también para recordarnos de que hay que llevar a la práctica todas esas orientaciones y directrices. Mi deber es, entonces, recuperar sintéticamente las ideas-fuerza que señalan esos documentos, en donde encontramos el meollo de la auténtica identidad católica de la escuela, para ponderarlos y comentarlos pero, sobre todo, para animarnos a realizar, aún a tiempo, signos relevantes que impacten las sociedades a las que servimos. Las ideas expuestas tendrán que ser amplias y podrían parecer pecar por eso, por generales, vagas e ideales, mas todos sabemos que nuestros contextos nacionales y locales son bien distintos y hay que adaptarlos con el criterio de tiempos, lugares y personas, asunto que propiamente es menester de nuestros proyectos educativos. 1. Seguimos siendo un continente de esperanzas América es un continente joven y pujante que ha logrado en poco más de 500 años ubicarse de manera competitiva frente a la legendaria Europa y aunque hay marcadas diferencias entre Norte y Suramérica, en su conjunto es un continente promisorio, cargado de logros y lleno de vida. Muchos son nuestros retos. Hay mucho por hacer todavía. Por eso, nuestro continente sigue siendo un continente de esperanzas. La abierta y creciente brecha entre ricos y pobres que los Obispos en Puebla denunciaran hace más de 25 años, sigue aumentando, y con ella una desigualdad social muy grave. Los pocos ricos son cada vez más ricos, en tanto que la clase media tiende a desaparecer y los pobres a aumentar dramáticamente. Son tan bochornosas las diferencias que se vuelven una ofensa y un insulto para la dignidad humana. Esta situación se convierte en caldo de cultivo de otros males sociales. Derribado el muro berlinés y prácticamente aniquilado el régimen moscovita, el capitalismo salvaje se ha sentido dueño y señor del universo. El discurso, bien interesante por cierto sobre la globalización, se manipula sesgadamente también y este mundo globalizado solo se concibe como neoliberal capitalista, o al decir de Peresson (1998) unipolar, norcéntrico, mercadocéntrico, desde arriba. Así las cosas, el imperio del mercado y del consumismo exacerbado parecieran estar en el clímax. La posmodernidad del ya secularizado modernismo también hace alarde del fracaso de las utopías, del desencanto de la razón y el rechazo de los grandes relatos, la estatización de la vida y la supuesta vuelta a lo religioso, el relativismo y el poco compromiso. Esta fenomenología que pareciera ser tema de reflexión de algunos círculos cultos, hace rato deambula por las calles de nuestras ciudades y está arraigada en la mente y el corazón de las últimas generaciones. Un ethos individualista,
pragmático y hedonista socava todo discurso sobre los valores y lo hace ver
anacrónico, desfasado y poco realista en un contexto donde prima la ley del
más fuerte, del vivo siempre ganancioso y el avispado oportunista. Los
maravillosos progresos de las Tecnologías de La corrupción y la deshonestidad crecen también. Se accede al poder dentro de lo público y lo privado más que para servir, para ver cómo obtener prebendas y enriquecerse fácil e ilícitamente. Las mafias del armamentismo y el narcotráfico, para citar las más relevantes, compran con su sucio dinero las conciencias y la voluntad de muchos. No hay respeto por nada. Solo importa el poder, el tener y placer. La violencia es su arma intimidante y los que se sienten traicionados o decepcionados por estas mafias optan también por esta infeliz salida, generando entonces un círculo vicioso de nunca acabar. Muchos de nuestros países atraviesan por serias crisis de gobernabilidad. Se cuestiona la legitimidad de estos gobiernos, así como su credibilidad y autoridad moral. Nuevas tendencias políticas comienzan a cobrar fuerza. Un movimiento creciente que rechaza la tradicional hegemonía norteamericana tiende a convertirse en movimiento alternativo, pero tan hegemónico como el que combate. Nuestro hábitat se va destruyendo sin ninguna compasión, a pesar de los gritos desesperados de advertencia para que cuidemos el medio ambiente. El mundo es nuestra casa pero no hay conciencia real de que hay que cuidarla. Lo ecológico pareciera ser el problema de unos cuantos románticos de la naturaleza y no una apremiante obligación de todos. Aunque haya esfuerzos globales por ser incluyentes, la verdad es que estamos ante una realidad cada vez más excluyente. Se margina por el color de la piel, por el género, por la nacionalidad, por el cúmulo de conocimientos, por la religión, por el tipo de cultura… se conculcan a diario, en la práctica, todos los derechos humanos y eso a muchos nos parece lo más normal. Es en ésta realidad continental donde ejerce su misión la escuela en general y nosotros como escuela católica en particular, y es allí donde se vuelve apremiante tener bien clara nuestra identidad como tal. 2. Hace años, cuando se cuestionaba a fondo la escuela, críticas que se hicieron con no poca razón, se afirmaba que no podía ser simple reproductora y mantenedora del status quo injusto de nuestro continente. Paulo Freire e Iván Illich, para citarlos solo a ellos dos, criticaban la escuela por bancaria (el primero) y llegaron a pronosticar su muerte inminente (el segundo). Se empezó, entonces, a hablar de educación para el cambio y de educación concientizadora y liberadora. Un efluvio de optimismo embargó a todos por varios años, mas esos discursos parecieron quedarse en teorías y documentos muy bien elaborados e, incluso, en propuestas ideologizadas y politizadas. Con todo, nadie discute hoy el valor del acto educativo y del importante papel que juega la escuela. Tratándose de un derecho inalienable pareciera ser unánime el consenso también respecto de la importancia de contar con una cobertura total y de alta calidad. “La escuela ejerce una función social insustituible, pues hasta hoy se ha revelado como la respuesta institucional más importante de la sociedad al derecho de todo hombre a la educación”[3] Sin embargo, ¿Qué nos pasa ahora? Pareciera que nos han invadido los tiempos del marasmo y el paquidermismo. ¿Estamos oxidados en el corazón y perdimos el empuje y la pasión?, ¿Nos cansamos de la utopía? Creo que más de uno dio el brazo a torcer y está convencido de que cambiar las cosas es tan difícil cuanto imposible y que es mejor no luchar contra-corriente y más bien hacer bien y poquito en su metro cuadrado. Como aquellos tiempos, por lo emotivos y aguerridos, fuesen también tan duros y radicales, y dejasen tantos tendidos sobre el camino, pasamos a un respeto que degeneró en respetismo e indiferencia frente a lo que hacen los otros. No nos metemos con nadie, cada uno hace lo que puede, no queremos ideologizaciones, radicalismos y menos fundamentalismos. Aires nuevos tendrán, entonces, que volver a ventilar el quehacer de la escuela de nuestro continente. Estamos en una coyuntura en la que la educación volvió a ser importante por diversos intereses: porque los grandes organismos multilaterales lo dicen, porque si se amplía la cobertura, se bajan las tasas de mortalidad y de deserción escolar y se mejoran los índices de calidad, entonces hay buenos empréstitos; porque estamos en “crisis de valores” y se ve como una de las mejores tablas de salvación para esta cruda realidad; porque, sencillamente, la educación ¡es importante! Mas lo que parece ser tan importante y se alardea como trascendente no se refleja en consecuencia en los presupuestos nacionales y locales donde el rubro destinado a educación sigue siendo escandalosamente irrisorio. Además, la educación se ha popularizado, politizado, trivializado y comercializado. Me explico. Se ha popularizado en cuanto es más fácil acceder al sistema educativo y eso está bien; se ha politizado en cuanto que se convierte en valioso instrumento para el poder político de turno; se ha trivializado, dado que en cualquier aparcadero se puede abrir un centro educativo. Y es en este mismo sentido también que decimos que se ha comercializado, convirtiéndose en un lucrativo negocio para muchos. Y como si esto fuera poco, la escuela ha debido asumir roles que primariamente le corresponden a la familia “primera y principal educadora”[4], a la sociedad y al mismo Estado. Por desgracia, los padres de familia han delegado en la escuela, a título de endoso, ese deber primario que les corresponde. Sobre la escuela recaen una serie de demandas que antes no se tenían y que ahora se convierten en desafíos ineludibles. Las funciones de la escuela se han ampliado: “nuevas necesidades han puesto de relieve la exigencia de nuevos contenidos, de nuevas competencias y de nuevas figuras educativas, además de las tradicionales. Así educar resulta especialmente difícil”[5]. Además del reto normal de educar a los estudiantes, resulta que ahora hay que educar también al profesorado y a los mismos padres de familia! No menos preocupante es la carencia de liderazgo en la dirección de muchos centros educativos y del poder contar con auténticos maestros: sobran docentes mercenarios de la educación, abundan profesores de oficio pero escasean los maestros! Decimos docente de aquel que ejerce por oficio, obligación o necesidad de subsistencia, la labor de enseñar. Profesor es el profesional que se limita a comunicar de forma sistemática una serie de conocimientos que posee y aunque su función rebasa ampliamente la del simple docente, no llega al corazón de su misión. Maestro, en cambio, es el educador-formador, por vocación, de hombres y mujeres, por eso es más que profesor[6], porque va más allá de los datos y conocimientos, es un acompañante que crece al lado de sus discípulos y les enseña los secretos de la vida, para la vida misma. Agobian a la escuela otras problemáticas: a) la natural resistencia al cambio y el temor a salirse de lo convencional, romper viejos paradigmas y abrir nuevos caminos; b) concepción estrecha de currículo: se centra en los contenidos del plan de estudios y no en el promover los valores y competencias de “todo lo que intencionalmente educa en razón de la propuesta educativa, criterios, programas, proyectos, plan de estudios, gestión, etc.”[7]; c) educadores con bajos niveles de preparación y formación permanente; d) relevancia de lo intelectual-cognitivo sobre la educación integral; e) trabajar cada uno por su lado, como si otros educadores no existiesen y de ellos no se pudiese aprender, f) que los directivos estén muchas veces atrapados en la inmediatez de la administración y la organización, no dejando tiempo real para desarrollar otras facetas importantes de su ser de maestros y g) el sentimiento de impotencia ante el contrapeso que ejercen las tecnologías de la información y la comunicación que llegan incluso a preguntarse si es necesaria la escuela cuando ellos mismos ofrecen alternativas rápidas y atractivas, sin mayores exigencias. ¿Qué será de la escuela? Será lo que nosotros como educadores queramos que sea. Y educadores somos todos los estamentos de la comunidad educativa (estudiantes, maestros, padres de familia, directivos, personal de administración y servicios, exalumnos, etc.), pues como bien dice Freire “nadie educa a nadie, todos nos educamos en la interacción mutua”. Siempre, eso sí, será preciso tener claro el norte hacia el cual se marcha y el ser conscientes de que nos moveremos entre el sano optimismo y el sincero realismo, entre el deber-ser de nuestros idearios y las apremiantes tareas del día a día. 3. La expresión “escuela católica” está llena de contenidos vitales y de invaluables experiencias que hacen que deje de ser un imaginario un tanto etéreo para cobrar vida en personas e instituciones concretas de nuestro continente americano. Al sustantivo escuela se le puso el adjetivo católica para afirmar que es universal y como tal, abierta a todos, esto es, incluyente, “de todos y para todos”[8]: de cualquier raza, lengua, credo, condición socio-económica, estado físico, género, filiación política, etc. apertura y universalidad que no hay que confundir con desorientación, neutralidad o indiferencia para negociar lo que es genuino suyo. Se le reconoce como la casa de todos, esto es, el espacio y el medio privilegiado para buscar reales caminos de justicia y, por ende, de paz. El que sea para todos y en especial para los más débiles está en su mismo origen: Jesús, El Maestro, se entrega a todos sin distinción. Es también la misma concepción fundacional de muchas comunidades religiosas educativas. Las críticas que se le hacían a la escuela católica y que se constataron en el documento romano de 1977[9] siguen dándose hoy día: proselitista, anacrónica y desfasada, elitista, con resultados pobres y aún con grandes fracasos… Así, el que teóricamente se considere para todos y abierta especialmente para los pobres se ha convertido en una encrucijada que se ha devuelto cual efecto bumerán. El asunto es delicado. La escuela católica se sigue asociando, en muchas partes, a la idea de escuela elitista, esto es, una escuela para clases económicamente pudientes. Se ha defendido el derecho de que los padres de familia escojan libremente el tipo de formación y de escuela que quieren para sus hijos[10] y es verdad que muchos quisieran acceder a nuestra propuesta educativa, pero no siempre pueden hacerlo dados sus escasos ingresos y a que el Estado, en muchos de nuestros países, no subsidia la educación confiada a los particulares. Duele constatar que para subsistir tenga que efectivamente autofinanciarse en las clases acomodadas o depender de las donaciones de las agencias internacionales de ayudas. También, el tener que hacer selección de sus estudiantes hace que la escuela católica no sea para todos realmente. Se ha defendido el derecho de
que Con sincera preocupación vemos cómo muchos han cedido a la tentación del desencanto y la desmotivación. ¿Renunciamos a educar desde la escuela católica? Muchas congregaciones religiosas, argumentando diversas razones, lamentablemente lo hicieron. Algunas afirmando querer volver a las fuentes carismáticas de sus fundadores, otras porque orientaron exclusivamente la opción preferencial por los pobres a un trabajo de inserción popular. Unas y otras vendieron, cedieron o regalaron sus centros educativos, dejando huérfanos de escuela católica a millones de niños y jóvenes. ¿Fue lo mejor y más acertado? La historia emitirá su juicio al respecto. Lo que sí es claro es que es más fácil trabajar con los pobres: son alegres, acogedores, generosos, sencillos. Entre ellos somos protagonistas. Mas educar a las clases medias y altas, ¡qué tarea tan difícil! Ganarnos un lugar de reconocimiento y respeto entre ellos no es fácil. ¿Los dejamos?, ¿a merced de quiénes y de qué intereses? No olvidemos que nuevas pobrezas han aflorado: vacíos afectivos profundos, soledad, pérdida del sentido de la vida, esclavitud frente al consumismo… Así las cosas, el apostolado educativo que lleva adelante la escuela católica es exigente y sacrificado, además de ingrato en el corto plazo, pues no se ven los frutos inmediatamente. No podemos renunciar a nuestra misión de trabajar con unos y otros, ricos y pobres, blancos y negros, en la precariedad y en la abundancia. En realidad somos sembradores de esperanza y sería un error pretender medir todos los resultados en términos de eficiencia inmediata. Si la escuela es para educar, entonces el “edúcere” en la escuela católica es eso: “para formar al hombre desde dentro, para liberarlo de los condicionamientos que pudieran impedirle vivir plenamente como hombre”[12]. Esto es presupuesto elemental. “La promoción de la persona humana es el fin de la escuela católica” afirmó Juan Pablo II[13] y es verdad, al fin y al cabo “la persona ocupa el centro del proyecto educativo de la escuela católica”[14]. Esto hay que hacerlo con todos, sin excluir a nadie! Mas allá todavía, la escuela católica se ve obligada a evangelizar jóvenes y niños en medio de ese contexto difícil descrito arriba. Es cierto que no ayuda a esta tarea el drama que viven tantos de ellos: hambres, guerra, violencia de todo orden, crisis familiares… La escuela católica debe crear entonces un ambiente de libertad y caridad para formar personas y ayudar a que la cultura se ordene hacia el mensaje de salvación, “será respetada la libertad religiosa y de conciencia de los alumnos y de las familias, libertad firmemente tutelada por la Iglesia”[15] Se expone y se propone, pero no se impone. “La escuela católica está llamada a una renovación valiente”[16]. Debemos ser seductores, atrayentes, convincentes. No basta adaptarse, hay que ser precursores de nuevos y mejores tiempos. La escuela católica no es neutral ni aséptica pues siempre ha definido claramente qué es y qué quiere. Tenemos que ser profesionales idóneos, competentes y sólidamente formados, para ser creíbles. El conocimiento humano progresa exponencialmente de modo geométrico. Anclarse en conocimientos, criterios y actitudes superadas sería cometer un error muy grave. No estar actualizados nos vuelve incompetentes. Aún las plantas físicas, los equipos, deben mostrar que estamos a la vanguardia en el sistema educativo. La escuela católica debe además relacionarse con todos los actores de la sociedad civil: la política, la economía, la cultura. Tiene una función pública de la cual no puede sustraerse. No puede aislarse. Tiene que buscar superar definitivamente el abismo relacional y hasta antipatía existente con la educación pública-estatal, como si fuesen antípodas irreconciliables. Debe prepararse para ser cualificada interlocutora y colaboradora de iniciativas que bien valgan la pena, por su orientación social hacia los más pobres. Hay pues que hacer presencia allí donde podemos tener una palabra importante qué decir. Más aún, tenemos como desafío llegar a influir en las políticas públicas de educación. A veces, con pretextos no bien fundamentados y excusables, solemos marginarnos de participar en espacios y eventos que podrían ser enriquecidos con nuestros aportes. La escuela católica debe
también coordinarse. No olvidemos que No falte aquí una palabra de reconocimiento y gratitud para los padres de familia que se comprometen en la misión que le es propia de primeros y principales educadores, a los estudiantes quienes de por sí desean estudiar y superarse, a los maestros, sacerdotes, religiosos y laicos que ofrecen lo mejor de sí mismos y hacen esfuerzos e incluso sacrificios cotidianamente por colocar la escuela católica en el lugar que le corresponde. Al interés progresivo que se manifiesta por mejorar cada día nuestra propuesta educativa mediante una evaluación permanente. Los retos y desafíos siguen
estando allí: ofrecer una educación integral y de calidad; que sea
incluyente; que busque hacer un reconocimiento y dignificación del trabajo de
los educadores; formar a los otros actores de la comunidad educativa:
maestros y padres de familia; seguir luchando para que la libertad de
enseñanza sea una realidad; buscar que en los presupuestos locales y
nacionales el porcentaje asignado a
educación se aumente; aumentar el potencial enorme que tenemos; propiciar una
pastoral educativa atrayente; elevar el estatus de la educación en nuestro
medio de manera que no se le siga considerando cenicienta; motivar para que Si identidad es ese conjunto de rasgos peculiares que lo hacen a uno único, irrepetible, distinto, la identidad católica de la escuela está marcada por la fuerza de esta verdad: Lo que nos une es Jesucristo, el Señor, el Maestro por antonomasia. Podremos ser muy diferentes, pero es el Maestro quien nos convoca, nos une y nos reúne. Nuestra escuela es católica por su carácter claramente confesional en Jesucristo como fundamento, y si dice buscar una educación integral es “porque en Cristo, el hombre perfecto, todos los valores humanos encuentran su plena realización y de ahí su unidad”[17]. Este es el carácter específicamente católico de la escuela. La escuela católica debe tener clara esa identidad y el Concilio ayudó a dilucidarla cuando la concibió como el medio eclesial privilegiado para evangelizar. Lamentablemente algunas instituciones, nominalmente católicas, no responden plenamente al proyecto educativo que debería distinguirlas. Se diluye así eso que las hace únicas y valiosas. Es aquí donde podríamos cuestionar nuestra “audacia” para asumir lo que nos hace únicos y valiosos, diferentes e insustituibles, si se quiere. Una audacia que no puede confundirse con fundamentalismo sino que es autenticidad para mostrarnos con lo mejor que somos y tenemos. Lo que queremos recordar a continuación son esos rasgos distintivos que constituyen nuestra identidad como escuela católica.
La escuela católica es por
esencia evangelizadora. Esto es lo que
le da razón y sentido a nuestro quehacer pedagógico. Si solo fuese buscar
buenos niveles académicos, otros lo hacen muy bien. Si fuese solo para dar catequesis o exponer
la doctrina, mejor lo hacen las familias ayudadas por las parroquias. Si es escuela y católica es porque conjuga
invariablemente estas dos ricas realidades, en la misma dirección de la misión
de La escuela católica evangeliza educando y educa evangelizando. No es un simple juego de palabras o de acciones. No podemos como Iglesia dejar de lado el apostolado educativo pues éste es un campo privilegiado para formar verdaderos seres humanos, en el pleno sentido de su dignidad de hijos de Dios. Y como educadores no podemos sustraernos de la tarea de evangelizar: ¡Ay de nosotros si no evangelizáramos!, podríamos parafrasear con el Apóstol. Sería muy grave “tener escuelas irreprochables en lo académico pero defectuosas en su testimonio y en la exposición clara de los auténticos valores”[18].
Si “ Una humanidad nueva se da con hombres y mujeres nuevos y eso solo se da con una educación integral y esta entendida como “el proceso continuo, permanente y participativo que busca desarrollar armónica y coherentemente todas y cada una de las dimensiones del ser humano (ética, espiritual, cognitiva, afectiva, comunicativa, estética, corporal y sociopolítica) a fin de lograr su realización plena en la sociedad. Es decir…el ser humano como uno y a la vez pluridimensional, bien diverso como cuerpo y a la vez plenamente integrado y articulado en una unidad”[23] Habrá que buscarse en la educación integral la excelencia integral, esto es, la excelencia académica que nos hace realmente competentes en un mundo competitivo, y la excelencia humana que es propiamente nuestro valor agregado y singular. Se trata de una educación omni-comprensiva e incluyente y, en ese sentido, justa y equitativa. No se debe, por tanto, ignorar ninguna dimensión del ser humano so riesgo de mutilarlo, hacerlo menos persona, menos ser humano. Y hablamos de una educación integral de calidad porque si algo debe caracterizar también a la escuela católica es el que es una escuela de calidad: por su gestión eficiente que supera los discursos y muestra resultados; porque muestra cotidianamente su capacidad de aprender y actualizarse; porque juiciosamente planea y ejecuta; porque sabe comunicarse estratégicamente y da a conocer lo bueno que hace; porque adopta una dinámica de mejoramiento continuo y superación constante; porque posee cultura de red, esto es, con sentido de cuerpo, mediante relaciones cooperativas, interdependientes y articuladas con otros. En últimas, porque ha entendido y quiere hacer vida aquello de “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”[24].
1. Debe concebirse
organizacionalmente como un cuerpo y quienes hacen parte del mismo como sus
miembros. No se trata de una
corporación cualquiera, es un cuerpo vivo, un “cuerpo apostólico”. 2. Sus miembros, aunque
esencialmente iguales son funcionalmente diversos. Esparcidos por el mundo,
en países y regiones muy distintas, insertos en subculturas muy particulares conforman una
fuerza social muy significativa en América, de profesores(as), los millones de
estudiantes con sus respectivas familias, los(las) colaboradores(as) de
administración y servicios generales y los(las) exalumnos(as). 3. En dicho cuerpo nadie es
más que nadie, nadie es menos que nadie. En la escuela católica nadie puede
ser tenido por menos, ni nadie puede considerarse superior a los demás: es
tan importante e imprescindible el Director como el (la) colaborador(a) de
servicios generales, el (la) recepcionista como el (la) más cualificado(a)
profesor(a). Cada uno(a) debe hacer bien lo que le corresponde y respetar las
funciones y tareas del (de la) otro(a), colaborándole si es necesario. 4. La diversidad y la
pluralidad son su mayor riqueza. La diferencia no se tolera sino que también se valora como necesaria. La unidad
en la diversidad debe ser una nota característica. No puede haber cabida a
posturas excluyentes o que marginen a nadie. 5. En dicho cuerpo apostólico,
los más pobres y débiles merecen mayor atención. Los que figuran menos o
aparecen secundariamente, resultan ser aquellos sobre quienes recae, en gran
medida, la marcha e imagen corporativa. 6. El triunfo de uno de sus
miembros es el propio triunfo del resto. Si alguno descuella, se destaca y
tiene éxito, todos se alegran y comparten la satisfacción de alcanzar los
logros. Si alguno tiene problemas o sufre, sus preocupaciones son las del
resto. Si alguien no hace lo que debe hacer, todo el cuerpo se resiente. De ahí que la solidaridad y la ayuda mutua
entre unos y otros son esenciales. 7. Unos y otros se necesitan
mutuamente. Nadie puede sentirse autosuficiente so riesgo de anquilosarse y
condenarse al fracaso. Formar equipos que lleguen a ser verdaderas
comunidades de trabajo resulta ser más productivo que ser un simple grupo de
empleados anónimos que se distinguen por un código. La común-unión y la
participación en la gestión son indispensables para alcanzar los objetivos
propuestos. 8. No se pueden dispersar las
fuerzas, ni repetirse, ni desgastarse inútilmente. Se deben descubrir los
dones o carismas que cada uno tiene y hay que propiciar los medios para que
se optimice y cualifique el recurso humano, el capital más importante que se
posee. También por eso ha dicho que cada uno tiene una misión específica qué
cumplir y debe hacerla lo mejor posible. 9. La autoridad (como cabeza)
posee una misión esencialmente de servicio. Su deber, en todas las
instancias, es buscar la unión de los ánimos, propiciar una mística de
trabajo y apoyar las iniciativas que
contribuyan al bien institucional, así como exhortar al cambio a aquellos que
hagan el mal, "siembren cizaña" y causen división, antes de
prescindir de ellos si fuese necesario, pues son un tumor canceroso que o se
cura o se extirpa. 10. Unidos, pues, como cuerpo
se logrará mucho más que si cada uno como miembro trabaja aisladamente. El
buen ambiente de trabajo que se logre es muy importante y los resultados gratos para todos se verán
muy pronto.
“La dimensión comunitaria de la
escuela católica no es una nueva categoría sociológica, sino que tiene un
fundamento teológico”[26]:
Dios Uno y Trino es el modelo de comunidad.
“La comunidad educativa debe aspirar a constituirse en la escuela católica, en comunidad cristiana”[28] El objetivo es ser más para servir mejor. No se trata de saber para tener o para poder dominar sino para servir solidariamente a los demás. Es mediante el encuentro, la colaboración, la convivencia y el sentido de cuerpo eclesial como se va construyendo comunidad. La escuela católica debe ser
signo eclesial de comunión: entre los jerarcas, el clero y el laicado,
realizando una pastoral de conjunto donde nadie presuma de sabérselas todas y
todos busquen lo mejor para
Es la “Escuela, lugar de formación integral mediante la asimilación sistemática y crítica de la cultura”[29]. Esto le da un carácter dinámico, no estático, diríamos de fidelidad y de creatividad a un mismo tiempo. Fidelidad a una tradición que no se puede desconocer o ignorar y que requiere cierto margen de adaptación y a la par, creatividad e innovación frente a las nuevas realidades culturales. Insertos como estamos en tan diversas latitudes, con las consiguientes diferencias de todo orden, corresponde a la escuela católica conocer el contexto amplio y concreto a la vez, donde ejerce su misión. Suele suceder que se critica a priori y de una manera muchas veces irresponsable o, peor aún, se actúa sin tener en cuenta ese contexto donde nos encontramos. De ahí la urgencia de esa necesaria
“contextualización”, esto es, del ubicarse frente a las personas e
instituciones en su vida real, en su ciudad, en su escuela, en su parroquia,
frente a la situación social-económica-política-religiosa y cultural dentro
del cual nos hallamos inmersos. Es un
deber conocer el mundo que nos rodea: personas, familia, culturas y
subculturas y las realidades que conllevan, que nos impactan y afectan
nuestras vidas. Inculturarse no es otra cosa que insertarse realmente en el medio donde desarrollamos nuestra labor evangelizadora, conociendo, como ya se dijo arriba, ese contexto y, sobre todo, valorando y queriendo ese “lugar” donde realizamos nuestras labores. Se trataría entonces de evangelizar desde adentro, sin atropellar, sin avasallar, sin deculturar. Ese insertarse
en la cultura de modo experiencial busca mover a la persona toda (mente,
corazón y voluntad) de manera directa e indirecta, con las ayudas que sean
necesarias y buscando ser siempre impactante y pertinente. Tanto la dimensión afectiva
como la cognitiva se integran, porque si el sentimiento interno no se une al
conocimiento intelectual, la experiencia de encuentro con la cultura queda
trunca. La reflexión y el análisis crítico sobre la cultura nos ayudará a ver la razón, los por qué de las cosas, serán una invitación a "no tragar entero", a entender las cosas, a sopesarlas viendo los pros y los contras, a hacer el "insight" propiamente dicho, al saber el por qué de eso que experimentamos en el día a día de nuestra misión, hasta llegar a emitir un juicio de valor que nos comprometa y decida a actuar. Nos permitirá discernir para dejar en claro qué es lo esencial en nuestro mensaje y qué resulta siendo accesorio o menos relevante. Es la reflexión
seria y ponderada sobre la cultura la
que nos ayuda a captar su significado mas profundo. Nos permite entender, conceptualizar,
formular hipótesis, conjeturar, elaborar teorías, dar definiciones, hasta
llegar a emitir un juicio de valor. Y el hacerlo como escuela católica nos da
la posibilidad de reforzar, desafiar y estimular la reconsideración,
permitiendo una mayor seguridad en la acción que se va a realizar y la
oportunidad de crecer en comunidad. El diálogo de la escuela católica con la cultura, como el diálogo entre fe y culturas, se hace cotidianamente a través de los saberes, respetando la autonomía de las ciencias pero descubriendo en ellas el sentido trascendente que poseen. “El saber, considerado en la perspectiva de la fe, llega a ser sabiduría y visión de la vida…Cada disciplina no presenta solo un saber por adquirir, sino también valores por asimilar y verdades por descubrir”[30], en ese sentido contribuyen a buscar la verdad y formar auténticas personas. “Una fe que no se hace cultura es una fe que no ha sido recibida plenamente, ni pensada enteramente, ni vivida fielmente”[31] La escuela católica debe ser promotora de cultura, acogedora a todos y dialogante. Sin embargo, los valores que mueven el mundo han cambiado, en tanto que los del evangelio siguen siendo los mismos. ¿Cómo conciliar esta realidad? Hay quienes adoptan una posición dogmatizante y radical y hay quienes sin ceder en lo esencial, eso fundamental no-negociable, adoptan una actitud pastoral misericordiosa, comprenden, acogen, levantan, recrean. El actuar dentro
de la cultura es clave, pues como dice el adagio popular, "obras son
amores y no buenas razones". Se
trata de pasar de la teoría, los discursos e incluso las decisiones a los
hechos, al obrar coherente. La
reflexión y la acción están unidas indisolublemente en el quehacer de la
escuela católica pues es mediante el accionar cotidiano de servicio
desinteresado a los demás, como en verdad se explicita su compromiso con la
cultura en la cual se encuentra. El actuar de la
escuela católica en medio de la cultura habrá de evaluarse de manera integral
y no sólo a nivel cognitivo, cualitativa y no sólo cuantitativamente, para ver
los aciertos y equivocaciones, para buscar siempre lo mejor, para funcionar
en la dinámica del mejoramiento continuo, esto es, para no contentarse con la
mediocridad. Por evaluación se entiende la revisión de la totalidad del proceso
vivido por la escuela católica en la cultura donde se encuentra con el fin de
verificar y ponderar en qué medida se ha realizado fiel y eficientemente su
trabajo y, por otra parte, en qué grado se han obtenido los objetivos
perseguidos, en términos de cambio y transformación personal, institucional y
social. Lo que no se evalúa no se
mejora. La evaluación, enseña a buscar
resultados, a que las cosas se hagan efectivamente y a que siempre se busque
la excelencia. Enseña a hacer las
cosas correctamente y bien hechas desde el principio. La pertinencia y
atracción seductora que tenga la escuela católica en una determinada cultura
o subcultura estará determinada en buena parte por su capacidad de
autoevaluarse críticamente y de saber tanto corregir sus desaciertos como
potenciar sus éxitos.
La escuela católica debe ser pluralista, pluriracial, pluriétnica, plurireligiosa. O la escuela católica es abierta y plural o no debe considerarse católica y universal como tal. Digámoslo con franqueza: ¿no nos falta un poco más de tolerancia, respeto y aceptación con aquellos que aún dentro de la misma Iglesia son diferentes o piensan y actúan distinto a nosotros? El pluralismo en la escuela católica debe ser una de sus notas características en un mundo que en realidad no lo es. Ya no podemos presumir erróneamente que fuera de nuestro discurso no hay salvación. Ahora bien, una cosa es ser abiertos y pluralistas y otra ser relativistas debilitantes. Para dialogar hay que tener clara la propia identidad, estar abierto a enriquecerse con los aportes de otros y querer dar lo mejor de nosotros mismos. Por eso, el ser pluralista para nada puede afectar nuestra identidad, como algunos temen. Lo que hace rico el diálogo en la pluralidad es precisamente el que los interlocutores tengan bien definida su identidad. De ahí, por ejemplo, que no haya que temerse el que nuestros estudiantes conozcan el abanico amplio y bien diverso de opciones que existen. Mas bien habría que temer el ocultarles la realidad bien compleja y diversa en que viven y no facilitarles los elementos y herramientas para hacer un sano discernimiento que los lleve a optar inteligente y sensatamente por aquello que más y mejor los conduce a la mayor gloria de Dios, que es la gloria del hombre. La escuela católica no está para estigmatizar, dogmatizar y menos aún excluir y marginar. Lo está sí para invitar a realizar lecturas críticas de la realidad, acompañar y orientar. El auténtico pluralismo de la escuela católica radica en el marcado respeto por la diferencia. Y donde sí no puede transar o ceder es en todo lo que atente contra la vida y la dignidad del ser humano.
Como ya dijimos, la brecha entre ricos y pobres se ha aumentado. La movilidad humana y el desplazamiento forzado están a la orden del día. El norte rico seduce atractivamente y se convierte en “tierra prometida” del sur pobre. La escuela católica inserta en esta realidad no puede bajar la guardia en su empeño de educar para buscar un mundo más justo y más humano. En medio de la cruda y muchas veces atroz realidad continental y mundial, la escuela católica debe ser la voz de los sin voz para hacer escuchar sus clamores, llamar la atención y buscar que un mundo mejor sea posible. Todo aquel que se sienta marginado y excluido de alguna manera en la sociedad, debe encontrar en la escuela católica el lugar donde sentirse importante, donde sentirse tenido en cuenta y valorado como persona. Promover la justicia y la paz
desde la escuela no es cuestión de ideologías. Es un asunto esencialmente
evangélico que La mirada necesariamente tendrá que ampliarse a nuestro alrededor, aumentando la calidad y no solo la cantidad de nuestros desafíos: la vieja Europa tan rica y desarrollada está ahora para evangelizar de nuevo; África se sume en el hambre y la miseria; Asia, en medio de sus contrastes, se yergue como potencia económica pero no es para nada cristiana… La promoción de la justicia más
que de mucho discurso, requiere de signos concretos. No basta con introducir
una cátedra de doctrina social de Conclusión América es un continente joven y lleno de esperanzas precisamente por la cantidad enorme de desafíos que tiene que afrontar ahora y en el inmediato futuro. Nuevos e insospechados escenarios se nos presentan. Son tantos, tan complejos y tan diversos que una sensación de agobio nos invade. Podemos hacernos a un lado o decidir asumirlos con entereza y decisión. La escuela, en general, y la escuela católica, en particular, como espacio privilegiado de evangelización, no pueden estar de espaldas ante ellos. La cobertura como estrategia inclusiva no es suficiente, aunque es bien importante. Hay que ir más allá, hacia una educación integral que sea de calidad, hacia una conciencia corporativa y comunitaria, hacia un diálogo y una interacción profunda con las culturas en las cuales educamos con mentalidad abierta y pluralista, hacia un continente americano donde un mundo mejor sea posible, porque se trabaja por la justicia y se obtiene como fruto la paz. La escuela católica no es un ente abstracto. La escuela católica somos los educadores católicos de carne y hueso de este siglo XXI, hombres y mujeres íntegros e integrales, éticos, con una vivencia comprometida de su fe, situados en nuestro contexto histórico, emprendedores visionarios, solidarios y profetas… pero, sobre todo, hombres y mujeres que con su testimonio de vida, esto es, con esa preeminencia que tiene la conducta sobre la palabra y que es “conditio sine qua non” de liderazgo, ascendencia y la credibilidad, todos los días, todo el día, desde los lugares más inhóspitos, muchas veces trabajando en condiciones precarias, sueñan, luchan, apuestan a un mañana mejor. REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS Asociación de Colegios Jesuitas
de Colombia, ACODESI, Confederación Interamericana de
Educación Católica, Proyecto Educativo
de Confederación Interamericana de Educación Católica, Propuestas educativas para el tercer milenio, Memorias del XVII Congreso, Quito, 1996 Concilio Vaticano II, Declaración Conciliar Gravissimun educationis momentum, Roma, 1965 Conferencia de Provinciales Jesuitas de América Latina, Proyecto Educativo Común, Río de Janeiro, 2005 Conferencia Episcopal de
Colombia, Declaración final de Congregación para Congregación para Congregación para Congregación para Oficina Internacional de Educación Católica, Una persona nueva para un mundo nuevo, Memorias del XVI Congreso Mundial de Educación Católica, Brasilia, 2002 Peresson, Mario, Misión profética de la educación católica en los umbrales del tercer milenio, Bogotá, 1998 |
[1] Conferencia pronunciada en el XXI Congreso Interamericano de Educación Católica y el 44º Curso de Rectores de CONSUDEC, Buenos Aires, 6 de febrero de 2007
[2]
Presidente de
[3] El laico católico testigo de la fe
en la escuela, LCTFE, 13
[4] Declaración Conciliar Gravissimum
educationis momentum, GEM, 3
[5]
[6] LCTFE, 16
[7] Asociación de Colegios Jesuitas de Colombia, definición de currículo.
[8]
[9] Cfr. EC, 17-ss
[10] Este derecho está consagrado en
[11] Cfr. LCTFE, 14
[12] EC, 29
[13] Alocución del 23 de noviembre de
1991
[14] ECTM, 9
[15] Dimensión religiosa de la educación
en la escuela católica, DREC, 6
[16] ECTM, 3
[17] EC, 35
[18] DREC, 19
[19] GEM, Introducción
[20] Ibíd., 1
[21] EC, 15
[22] LCTFE, 3
[23] ACODESI, La formación integral y sus
dimensiones, página 13.
[24]
Mateo 5, 48
[25] Cfr.
1 Cor 12, 1-12
[26] ECTM, 18
[27] DREC, 31
[28] LCTFE, 41
[29] EC, 26
[30] ECTM,14
[31] DREC, 53 La afirmación es de SS Juan Pablo II en 1982