PERSPECTIVA BÍBLICA Y ECLESIOLÓGICA DE LA INCLUSIÓN
(“De la exclusión a la inclusión un camino para la paz y la justicia”)
Mons. Guillermo José Garlatti
Arzobispo de Bahía Blanca
Presidente de la Comisión Episcopal de Educación Católica
Conferencia Episcopal Argentina
Introducción
El problema de la exclusión, situación en la que se encuentran vastos sectores de nuestra sociedad, se ubica en el ámbito de la justicia. Se trata de un problema de justicia social y, por lo tanto, para llegar a la solución de este fenómeno tan doloroso es preciso analizar y remover las causas que lo originan.
Es cierto que la exclusión afecta a todas las dimensiones de la vida social, pero sus consecuencias se manifiestan particularmente en la educación. Grandes sectores de niños y jóvenes quedan al margen de la educación. Familias destruidas o mal constituidas, desocupación, trabajo precario y discontinuo, desnutrición, imposibilidad de acceder a un sistema sanitario, son a la vez causas y consecuencias de la exclusión.
Sabemos que, además de todas estas situaciones, se agregan: las migraciones masivas con sus secuelas sociales y religiosas, la imposibilidad de acceder a condiciones dignas de vivienda, el flagelo de la droga, el alcoholismo y, entre otros males, la mendicidad infantil.
A estas causas se suman “la corrupción, la precariedad de las instituciones y de la misma vida política. Existe, en muchos países, una conexión entre la pobreza y la falta de libertad, de posibilidades de iniciativa económica, de administración estatal capaz de predisponer un adecuado sistema de educación e información” (CDSI, 447).
Estas condiciones sociales, que tienen su origen en situaciones políticas, económicas y culturales deplorables, conllevan la falta de valores sobre los cuales encontrar un sentido a la vida, al trabajo, a la familia, a la educación y al futuro de los hijos e, incluso, a la propia dignidad personal.
Frente a esta situación tan lamentable, se hacen necesarias políticas de estado amplias y realistas que deben implementarse paralela y conjuntamente con las políticas del sistema educativo.
En el contexto de la búsqueda del bien común la justicia social, en la que toda la sociedad debe estar seriamente comprometida, es desde luego el camino más idóneo para la solución de estos problemas.
La experiencia histórica de los últimos tiempos muestra que las políticas de estado de los gobiernos no siempre han logrado instaurar un orden social justo. Tampoco lo han logrado los sistemas revolucionarios de las diferentes ideologías.
Sobre la base de la justicia, desde una antropología y cosmovisión cristianas, todos debemos estar firmemente empeñados en construir -dentro de un sistema democrático y participativo- el bien común como fundamento de la paz.
Y la educación, en cuanto parte integrante del bien común, es el motivo que hoy reúne aquí a todos los representantes de la Confederación Interamericana de Educación Católica y a los participantes del Curso anual de Rectores del Consejo Superior de Educación Católica, con el fin de promover, según enseña Juan Pablo II, “el bien de todos y cada uno para que todos seamos verdaderamente responsables de todos” (Sollicitudo rei socialis, 38).
Pero a partir de esta antropología y cosmovisión cristianas, inspiradas en el evangelio de Jesús y en la doctrina de la Iglesia, también sabemos que la justicia social sola no basta. El mandamiento del amor de Nuestro Señor Jesucristo y el ejemplo de su propia vida entre los hombres nos ofrecen otras perspectivas.
Sobre algunas de estas perspectivas quisiera detenerme un poco en la presente exposición. En tal sentido, la eclesiología y la espiritualidad de la comunión, impulsadas de un modo especial por el Papa Juan Pablo II con motivo del inicio del tercer milenio, nos ofrecen el marco adecuado en relación con los desafíos que presenta la problemática de la exclusión.
Afirma el Papa Juan Pablo II: “Antes de programar iniciativas concretas hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades” (NMI, 43).
Esta espiritualidad, fundada en el ideal de vida evangélico, ofrece un aporte original y específico de enorme importancia en orden a superar el grave problema de la exclusión. Una espiritualidad que se funda sobre valores que debemos considerar como esenciales de la dimensión cristiana de la educación, y que forman parte de lo que se puede denominar identidad cristiana de la educación.
Intentaré ahora, junto con ustedes, recorrer algunos textos del Nuevo Testamento que pueden iluminarnos acerca del contenido de esta espiritualidad y, después, hacer algunas consideraciones acerca de la problemática educativa de hoy.
El amor, la generosidad y la justicia: 2 Cor 8, 1-15
En este pasaje se hace referencia a la colecta que, a solicitud de San Pablo, se organizó en las iglesias de Macedonia en favor de los cristianos de la iglesia de Jerusalén, sumidos en un estado de exclusión y marginación a causa de una extrema pobreza.
El objetivo de San Pablo es convencer a los cristianos de la comunidad de Corinto y darles un argumento más sólido a fin de que, dejando de lado disquisiciones y conflictos internos, ellos también se sumen definitivamente a esta colecta. Que se hagan solidarios desde una actitud de amor y generosidad.
Para ello pone como ejemplo a los cristianos de las iglesias de Macedonia quienes, fundados en la gracia que Dios en su bondad les ha concedido, “a pesar de las grandes tribulaciones con que fueron probadas… y su extrema pobreza, han desbordado en tesoros de generosidad”. San Pablo señala, además, lo siguiente: “Puedo asegurarles que ellos estaban dispuestos a dar según sus posibilidades y más todavía: por propia iniciativa” (vv. 1-3).
Haciendo un elogio de los corintios afirma: “Y ya que ustedes se distinguen en todo: en fe, en elocuencia, en ciencia, en toda clase de solicitud por los demás, y en el amor que nosotros les hemos comunicado, espero que también se distingan en generosidad. Esta no es una orden: solamente quiero que manifiesten la sinceridad de su amor, mediante la solicitud por los demás. Ya conocen la generosidad de Nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza” (vv. 7-9).
Con esto les está recalcando que la bondad y la generosidad de los corintios debe asemejarse a la bondad de Jesucristo “porque a uno se le acepta con lo que tiene y no se hace cuestión de lo que no tiene” (v. 12).
Paralelamente al concepto de la generosidad fundada en un amor de gratuidad y prodigalidad, el apóstol introduce aquí otro concepto complementario: el principio de igualdad que como tal se sustenta en la justicia. A este punto el pensamiento de San Pablo se vuelve aún más incisivo y contundente cuando afirma: “No se trata de que ustedes sufran necesidad para que otros vivan en la abundancia, sino de que haya igualdad. En el caso presente, la abundancia de ustedes suple la necesidad de ellos, para que un día, la abundancia de ellos supla la necesidad de ustedes. Así habrá igualdad, de acuerdo con lo que dice la Escritura: “El que había recogido mucho no tuvo de sobra, y el que había recogido poco no sufrió escasez” (vv. 13-15).
En esta forma de desarrollar su pensamiento, San Pablo nos ofrece un elemento esencial y característico de la espiritualidad cristiana de la comunión a la que hacíamos referencia con relación a la problemática de la exclusión. Así, según San Pablo, esta espiritualidad no consiste solamente en la búsqueda de la justicia, cuyo objetivo es el logro de la igualdad y de la equidad, sino también en la búsqueda de un amor de generosidad que se apoya en la gratuidad y en la prodigalidad.
De esta manera, San Pablo pone de manifiesto que el grave problema de la exclusión, que en sí mismo conlleva a un estado de discriminación, no puede resolverse solamente por el camino de la justicia.
Es precisamente en el campo de la educación en donde esta espiritualidad de la comunión, que nos ofrece el apóstol San Pablo, se hace absolutamente necesaria. Por consiguiente, convencidos de que la educación es el principal instrumento para promover al hombre y hacerle tomar conciencia de su dignidad, se necesitan educadores, instituciones educativas y políticas de estado que estén imbuidas de los valores de esta espiritualidad. La experiencia enseña que para lograr superar la exclusión de vastos sectores sociales es preciso que, además de cuidar el ejercicio de la justicia, se pueda poner en práctica una pedagogía y metodología del amor.
Por lo tanto, considero muy difícil que una política educativa, por excelente que sea, pueda resolver desde sus raíces el gravísimo problema de la exclusión si no cuenta con que el ser humano, además de todos los elementos que se requieren para su realización personal, necesita indefectiblemente del amor. De allí la importancia de priorizar una pedagogía y metodología del amor.
A esto apunta precisamente el Papa Benedicto XVI en la encíclica “Deus caritas est” cuando afirma que “el hombre, más allá de la justicia, tiene y tendrá siempre necesidad de amor” (29). Y en otra parte dice: “El amor -caritas- siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa. No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor. Quién intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre” (Ibid., 28).
La pedagogía del amor y la compasión: el buen samaritano, Lc 10, 29-37
Ante la pregunta “¿Y quién es mi prójimo?”, hecha por un doctor de la Ley, Jesús contesta con la parábola del buen samaritano. “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto” (v. 30).
Esta parábola puede ser interpretada a la luz de la problemática de la exclusión. El hombre, asaltado por los ladrones, es un caso paradigmático que define también al prototipo del excluido de los tiempos modernos: despojado de todo, herido en su vida y en su dignidad, abandonado y medio muerto.
El texto evangélico dice: “Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo” (vv. 31-34).
La pregunta de Jesús es: “¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?”. La respuesta del doctor de la Ley fue la siguiente: “El que tuvo compasión de él” (vv. 36-37).
La enseñanza de Jesús es muy clara: es preciso sentir como propias las angustias, los dolores y las necesidades del prójimo. En el caso de la parábola, solamente el samaritano “se conmovió” y con espíritu de bondad, de amor y de misericordia se acercó a él, lo sacó de su estado de postración, del cual no podía salir por sí mismo, y lo recuperó para la vida.
Ese espíritu de misericordia y de compasión, que no es una mera lástima, que moviliza el corazón del hombre, nace del amor. El ejemplo de la parábola nos muestra que de la exclusión a la verdadera inclusión se llega, en última instancia, a través de un acto de amor. Prueba de ello es que el samaritano, además de atender al herido por los ladrones, se encarga de afrontar todos los gastos de su recuperación.
En la sociedad de hoy, en donde la exclusión es una realidad muy cruel, el espíritu de misericordia, de compasión y de solidaridad es absolutamente imprescindible en la difícil tarea de recuperar al hombre en situación de exclusión. El sacerdote y el levita que vieron al hombre asaltado por los ladrones y pasaron de largo, no se sintieron obligados en justicia a atender a ese hombre en estado de total abandono. Tampoco el samaritano. Sin embargo el samaritano, a diferencia del sacerdote y del levita, se conmovió movido por amor y misericordia, se hizo solidario del hombre asaltado por los ladrones.
En la cultura de nuestros días se considera que la justicia social por sí misma es suficiente para solucionar el dolor de la exclusión y de sus tristes consecuencias. Y es muy positivo que la justicia social sea un punto esencial de referencia también en las leyes de educación y en la implementación de las políticas educativas.
Pero la experiencia nos enseña que la carencia del amor, del espíritu de misericordia y de compasión pueden llevar al fracaso los mejores proyectos educativos. En este sentido, la parábola evangélica es otro ejemplo en el que se propone lo que se puede llamar una pedagogía y metodología del amor, sostenida en la misericordia y la compasión, como un camino eficaz e indispensable para superar la dolorosa realidad del los excluidos.
El extraordinario testimonio de vida de la Madre Teresa de Calcuta es, increíblemente, una prueba concreta de que es posible construir una cultura de la inclusión. La Madre Teresa demostró, desde su pobreza y sencillez, que esta cultura basada en el amor es posible. Tanto desde lo personal como así también desde el ámbito social, institucional y político. Esto puede realmente suceder, aunque parezca increíble, cuando pongamos en práctica la indicación que Jesús le dio al doctor de la Ley. “Ve, y procede tú de la misma manera” (v. 37).
¿Será posible que algún día podamos tener leyes de educación y políticas educativas que asuman la necesidad de implementar esta pedagogía del amor, de la misericordia y de la solidaridad, a fin de superar las barreras de las graves y terribles diferencias que producen heridas incurables en nuestra sociedad?
La bondad por encima de la justicia: los obreros de la última hora, Mt 20, 1-16
En esta parábola, que presenta un problema laboral en un contexto de desocupación, tenemos otra muestra de la íntima relación e interdependencia que existe entre la justicia y el amor para incluir a los excluidos.
Jesús dice: “Porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envió a su viña. Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo. Y ellos fueron. Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: ¿Cómo se han quedado todavía aquí sin hacer nada? Ellos le respondieron: Nadie nos ha contratado. Entonces les dijo: Vayan también ustedes a mi viña.
Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros. Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo protestaban contra el propietario diciendo: “Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada”. El propietario respondió a uno de ellos: “Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno? Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos” (vv. 1-16).
Dios con su actitud de justicia y de bondad llama a los desocupados a trabajar en su viña y paga a todos por igual, incluso a los de la última hora que trabajaron mucho menos. Ante la protesta del obrero de la primera hora, conviene subrayar otra vez la respuesta del propietario: “Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti” (vv. 13-14).
En orden a afrontar el drama de los desocupados, Jesús no se atiene exclusivamente al espíritu de justicia. A los últimos, por un sentimiento de bondad, les paga lo mismo para que también ellos puedan socorrer a sus familias con un salario digno.
En el ámbito de la educación, ante la dramática situación de los excluidos, tampoco es suficiente el espíritu de justicia. Necesitamos, frente a estos últimos, los excluidos, que siempre aparecen en las plazas y calles de nuestras ciudades, mantener vivo y seguir fortaleciendo ese espíritu de misericordia y compasión, fundado en la bondad y en el amor.
La capacidad e iniciativa personal: los talentos, Mt 25, 14-30
La parábola dice: “El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió. En seguida, el que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. De la misma manera, el que recibió dos, ganó otros dos, pero el que recibió uno solo, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor” (v. 14-18).
Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores. El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presentó otros cinco… Llegó luego el que había recibido dos talentos y le entregó otros dos.
Llegó por último el que había recibido un solo talento. “Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!” (vv. 19- 25).
A los dos que hicieron duplicar el valor de los talentos, el propietario los premia y les permite el acceso al gozo de su señor. Al tercero, que había enterrado el talento y lo había devuelto sin haberle agregado ningún valor, le quita el talento y lo arroja afuera, al mundo de las tinieblas. Adopta para con él una actitud sumamente dura. Lo llama “servidor malo y perezoso” (v. 26).
Cada ser humano recibe una serie de dones para hacerlos fructificar a lo largo de la vida. Con respecto a estos dones y al grave problema de los excluidos, existe o puede existir una responsabilidad personal. Todo ser humano tiene capacidades propias que implican desarrollar el espíritu de iniciativa, el esfuerzo personal, el hábito del trabajo y la responsabilidad.
Los hombres necesariamente se enfrentan en la vida con una serie de obligaciones con respecto a sí mismos, a su familia, a las instituciones o empresas en donde trabajan y con respecto a la sociedad toda. Además, todo hombre en conciencia debe rendir cuentas a Dios.
Por no estimular el espíritu de iniciativa personal, por no exigir rendición de cuentas frente a las obligaciones que todo ser humano debe asumir, la sociedad misma crea las condiciones que conducen a la exclusión y a la marginación. En consecuencia, a través de la educación formal e informal, es preciso desarrollar las motivaciones necesarias y crear las condiciones que impidan se instale la cultura de la pereza y de la ley del menor esfuerzo.
Para fomentar la inclusión es necesario que cada hombre tenga la posibilidad de ganar, con su trabajo, el pan de cada día para sí mismo y para su familia. Asistir y promover a los hombres en sus auténticas necesidades es una obligación ineludible de la sociedad. No así, en cambio, fomentar la cultura de la dádiva que conduce inevitablemente a la destrucción del espíritu de responsabilidad y al doloroso quiebre de la dignidad personal.
¿Qué quieres que haga por ti?: el ciego de Jericó, Mc 10, 46-52
Cuando Jesús salía de Jericó, “acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí! Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: ¡Hijo de David, ten piedad de mí! Jesús se detuvo y dijo: Llámenlo. Entonces llamaron al ciego y le dijeron: ¡Ánimo, levántate! Él te llama. Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia él. Jesús le preguntó: ¿Qué quieres que haga por ti? Él le respondió: Maestro, que yo pueda ver. Jesús le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino” (vv. 46-52).
Pese a los gritos del ciego, los discípulos de Jesús querían continuar su camino. El ciego y sus gritos les eran molestos, y lo hacían callar. Pero Jesús dijo: Llámenlo.
¿Seremos nosotros capaces de escuchar el grito del ciego y, movidos a compasión, incluirlo en el camino de nuestras vidas?
No es fácil que un excluido sea escuchado. Resulta molesto detenerse ante él en el apuro de la vida diaria. Tampoco es fácil que el excluido arroje su pobreza y se ponga de pie de un salto.
Según el relato, movido por la esperanza de ser salvado, el ciego insiste con sus gritos. En un gesto de amor y de misericordia Jesús, pese a sus discípulos, hace llamar al ciego y le pregunta: ¿Qué quieres que haga por ti? ¡Esta es la pregunta que espontáneamente debe brotar de una auténtica espiritualidad de la comunión y de la compasión!
Todos nosotros, los que formamos parte de la sociedad actual: individuos, instituciones y el propio estado, ¿escuchamos realmente el insistente y repetido grito de la gran masa de excluidos o, justificándonos en nuestros apuros e intereses, pasamos de largo?
Consideraciones sobre la problemática educativa de hoy
En este Congreso de la CIEC y del Curso anual de Rectores del Consudec los que, por vocación, nos hemos comprometido en la difícil y exigente tarea de educar, somos interpelados permanentemente por estas preguntas. Quisiera hacer ahora unas breves consideraciones sobre los grandes desafíos con los que se enfrentan el hoy y el futuro de la educación.
La educación se ha visto impactada por el cambio de orden civilizatorio, por la explosión de la pobreza y por la exclusión. Todo ello instala una idea de inadecuación, de insatisfacción, de crisis.
¿Cómo educar para la solidaridad y la igualdad en sociedades signadas por la injusticia y la desigualdad? ¿Cómo educar para la paz en un mundo signado por la guerra, la confrontación, la violencia? ¿Cómo afirmar el esfuerzo sostenido en sociedades que privilegian el exitismo y el cortoplacismo? ¿Cómo educar para el amor en una cultura del egoísmo y del individualismo?
Dice San Juan que el “amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero”, pero también afirma que “nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Jn 4, 10.16).
Esta realidad interpela a la conciencia cristiana provocando la necesaria “denuncia” que debe dar paso inmediato al “anuncio”.
El análisis crítico de la realidad, proceso crítico y propositivo a la vez, debe conjugarse con una propuesta de futuro.
Lo primero es afirmar que estamos en un cambio de época, en una sociedad cuya avalancha de cambios obliga a tener clara una visión del futuro, a dónde vamos y, por otro lado, qué tipo de hombre nos espera.
Por ello, no sólo es importante detectar e identificar las megatendencias que afectan este cambio de época, sino identificar la inclusión en una visión e imagen de la sociedad que anhelamos, en un escenario futurible y posible y definirlo a corto, mediano y largo plazo. Además de establecer una acción estratégica para su consecución.
En esta nueva sociedad, la educación jugará un rol decisivo. Desde distintas perspectivas, en que la educación, la ciencia y la tecnología y la cultura, se ubicarán en el corazón mismo de los nuevos estilos de desarrollo.
La educación no se desenvuelve en el vacío. Desarrolla su tarea en relación a situaciones, configuraciones, contextos sociales, económicos, políticos, culturales y religiosos que hoy más que en otro momento histórico son cambiantes.
En tal sentido, los cambios son imperativos en un contexto de:
· Estar en una cultura del secularismo e indiferentismo religioso.
· En una sociedad de la información y del conocimiento.
· En una sociedad de la comunicación y del espacio virtual.
· Por ser parte de la aldea global.
· En un mundo globalizado económica, pero no social ni culturalmente.
· En un mundo caracterizado por la velocidad científica y tecnológica.
La educación es una de las estrategias más importantes para la inclusión:
· Inclusión a los derechos y libertades fundamentales que hacen a la dignidad la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios.
· Al descubrimiento de la dimensión religiosa y trascendente del hombre y a su compromiso con el bien común en la sociedad.
· Al desarrollo de los valores espirituales y morales, a la calidad de vida y a la adquisición de capacidades y habilidades.
· A la información, a la participación en todos los ámbitos y esferas: política, económica, social, religiosa.
· Al recto uso de las libertades instrumentales, a la libertad política.
· A los servicios económicos, a las oportunidades sociales, a las garantías de transparencia, a la seguridad protectora.
En contraposición, sabemos que la exclusión social conlleva:
· Escasez crónica de oportunidades y de acceso a servicios básicos de calidad, entre los cuales se destacan la educación y la cultura.
· No acceso a los mercados laborales y de crédito, y a condiciones físicas y de infraestructuras adecuadas.
· No acceso al sistema de justicia.
Por lo tanto: “Las desigualdades, fruto de la inadecuada distribución de la educación y la riqueza, hieren severamente el tejido social” (DP, 117).
Animada por el Espíritu Santo, que es el amor de Dios infundido en nuestros corazones (Rom 5, 5), y desde la perspectiva del humanismo integral y solidario, la educación y los organismos educativos involucrados en la misma, conjuntamente con sus directivos, los docentes, las familias y los alumnos, se constituyen en uno de los desafíos y prioridades fundamentales para que las sociedades sean más justas y fraternas, más humanas y cristianas.
Sostenida en los contenidos que dan vida a una espiritualidad de la comunión y en una pedagogía y metodología del amor y la solidaridad, la educación será sin duda en América uno de los instrumentos más eficaces para la Nueva Evangelización.
Los ámbitos de la educación son los lugares más privilegiados en donde se debe proclamar de una manera integral el Mensaje de la Salvación de Jesucristo para que, en este momento histórico que nos toca vivir, penetre en las raíces mismas de de la cultura y, desde allí, se puedan satisfacer las necesidades y aspiraciones más profundas de nuestro tiempo.
En continuidad con Juan Pablo II, el Papa Benedicto XVI afirma: "Jesucristo es, pues, la respuesta definitiva a la pregunta sobre el sentido de la vida y a los interrogantes fundamentales que asedian también hoy a tantos hombres y mujeres del continente americano" (EA, 10). “Sólo viviendo intensamente su amor a Jesucristo y entregándose generosamente al servicio de la caridad, sus discípulos serán testigos elocuentes y creíbles del inmenso amor de Dios por cada ser humano” (DPCAL, 20-1-2007).
Desde esta actitud, la comunidad educativa toda tiene que formar personas con firmes principios y valores, abiertas al mundo, con herramientas para su participación crítica, plena y autónoma. Requiere de ejercicios de adecuación, de reformulación, de resignificación, de recreación colectiva de sentidos. Sin prácticas, experiencias, constataciones empíricas de procesos de participación, los contenidos se vuelven vacíos, retóricos, sin un correlato real.
La educación para formar cristianos comprometidos con su fe y para construir una ciudadanía crítica y responsable, constituye un desafío vital a fin de consolidar democracias más sustantivas, igualitarias, plenas, humanas.
El esfuerzo de muchos educadores se convierte en un signo de esperanza y testimonio en una sociedad que necesita de la espiritualidad de la comunión, la participación y la corresponsabilidad renovada, para ingresar así en mejores condiciones y más plenamente en la sociedad del saber.
Según señala Juan Pablo II, “espiritualidad de la comunión es saber ’dar espacio’ al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (Gal 6, 2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos acechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias” (NMI, 43).
Para ello las personas y los educadores:
· Arraigan su compromiso éticamente en Dios, en el evangelio, en el amor, en la solidaridad, en la justicia y en la libertad.
· Se retroalimentan en el aprendizaje continuo en una sociedad del conocimiento como trabajadores del saber.
· Se hacen competitivos para emprender los roles de una sociedad abierta.
· Buscan tener capacidad de participar y de generar participación.
· Buscan tener iniciativa y creatividad abiertas al trabajo en equipo.
· Forman líderes que perciban el cambio y dominen su transformación.
· Forman promotores de la responsabilidad social.
La educación no puede actuar sola y aislada. Necesita el concurso de todos y un apoyo decidido y sostenido en el tiempo. Debe constituirse en una sólida política de estado. Esto implica privilegiarla seriamente en el debate público, jerarquizarla en la agenda de los gobiernos y dotarla de los recursos necesarios.
El despliegue de amplios movimientos a favor de la educación que sostengan nuevas ideas y movilicen las energías de los actores sociales, resulta fundamental para construir sociedades democráticas, más humanas e igualitarias en el marco de los procesos que tienden a la integración social.
Y para ello se requiere necesariamente de una espiritualidad de la comunión porque ella “da un alma a la estructura institucional, con una llamada a la confianza y apertura que responde plenamente a la dignidad y responsabilidad de cada miembro del Pueblo de Dios” (NMI, 45).
En referencia a la exclusión y a los anhelos de nuestros pueblos con respecto al futuro de la educación, quisiera citar las palabras de un breve y profundo poema que expresa “un sentir de la tierra y del continente que puede recordar el de muchos escritores latinoamericanos e, incluso, mitos indígenas”:
Tierra
ávida de brotar.
Sangre
que parece mansa.
La calma arrastra tiempos antiguos.
Debajo de los árboles,
aún
se sienta el reposo.
Alerta duerme el corazón americano.
Desde este momento, los participantes de este Congreso de la Confederación Interamericana de Educación Católica y del Curso anual de Rectores del Consejo Superior de Educación Católica, estaremos reunidos, con la mejor de nuestras disposiciones, para escucharnos y para, en un clima de diálogo fraterno, buscar entre todos las respuestas posibles.
Los excluidos y el comportamiento cristiano
San Pablo nos pide y exhorta: “¡Alégrense en la esperanza!” (Rom 12,12)
La doctrina social de la Iglesia señala que: “En la raíz de la pobreza de tantos pueblos se hallan también formas diversas de indigencia cultural y de derechos culturales no reconocidos. El compromiso por la educación y la formación de la persona constituye, en todo momento, la primera solicitud de la acción social de los cristianos” (CDSI, 557).
En este sentido, el Papa Juan Pablo II afirma que a los excluidos y a los pobres se los debe mirar “no como un problema, sino como los que pueden llegar a ser sujetos y protagonistas de un futuro nuevo y más humano para todo el mundo” (Mensaje para la jornada mundial de la paz, 2000, 14).
Y por último, frente a este desafío, siento la necesidad de recordar junto con ustedes las profundas palabras de San Pablo que, a mi entender, tienen una tremenda actualidad. Dice San Pablo: “Como elegidos de Dios, sus santos y amados, revístanse de sentimientos de profunda compasión. Practiquen la benevolencia, la humildad, la dulzura, la paciencia. Sopórtense los unos a los otros, y perdónense mutuamente siempre que alguien tenga motivo de queja contra otro… Sobre todo, revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección” (Col 3, 12-14).