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Soñamos y caminamos … Con la alegría de cada año, pero constantemente renovada, el Consejo Superior de Educación Católica de Argentina abre hoy las puertas del ya tradicional Curso de Rectores. Esta convocatoria a directivos y docentes de toda la República, tiene como meta la reflexión, el diálogo, la comunicación, la comunión más profunda de un bien que compartimos: la tarea de educar. Nuestro Curso 2007 se ve en esta ocasión particularmente realzado, porque será motivo de celebrar también el Congreso Interamericano de Educación Católica, que hemos organizado junto con la Confederación Interamericana de Educación Católica. De este modo al abrir los horizontes, ensanchamos el corazón. Estos días, magnífica oportunidad de intercambio con hermanas y hermanos educadores de toda América, serán —así lo esperamos— memorables, para el intercambio sobre el tema motivador: la inclusión desde la educación. A todos, los que nos visitan y los de casa, les damos una bienvenida cordial, deseándoles que aprendan, disfruten y creen lazos perdurables. La humanidad estrena su tercer milenio después de Cristo, afrontando una civilización planetaria, cuya configuración es multidimensional. Los cambios crecientes se manifiestan en los paradigmas de pensamiento, en los modelos de producción, en los tipos de organización y administración; estamos en presencia de una globalización tecnológica que, paradójicamente, conlleva una mayor pobreza cultural y que se hace patente en las formas y niveles de las relaciones humanas, en la calidad de vida y en los modelos educativos. Pobreza cultural que muchas veces implica un real desentendimiento del prójimo. Desde la remota historia de la humanidad, pasando por el pasado reciente y llegando hasta la actualidad, la exclusión es tierra árida que resquebraja nuestras comunidades en pedazos y nos aísla, porque nos desarraiga de la vida. Exclusión experimentada en lo cotidiano con tensiones y padecimientos propios de un mundo fragmentado, herido en los vínculos más profundos. El Magisterio de la Iglesia, en la Declaración Gravissimum Educationis nos señala que: “La Iglesia como Madre está obligada a dar a sus hijos una educación que llene su vida del espíritu de Cristo, y al mismo tiempo, ayuda a todos los pueblos a promover la perfección cabal de la persona humana, incluso para el bien de la sociedad terrestre y para configurar más humanamente la edificación del mundo” Nuestra perspectiva de creyentes nos despierta la necesidad de encontrar un paradigma inclusivo que promueva la comunión desde las diferencias. El ámbito educativo aparece como un espacio privilegiado en el cual concretar ese anhelo de “crear humanidad en medio de tanta inhumanidad”, de desarrollar vínculos sanos y fraternos a partir del intercambio, tanto hacia el interior de nuestras comunidades como hacia el medio social en el que se desenvuelven. Un paradigma de inclusión nos convoca a construir a partir de la trayectoria de cada uno, una forma concreta de vivir una identidad espiritual de unión, siendo nosotros los primeros testigos de que el amor es la única fuerza verdaderamente transformante. Es en este sentido que nos atrevemos a afirmar que la escuela debe ser el ámbito óptimo donde se demuestre que es posible un mundo sin discriminaciones de ninguna clase. La misión educadora tiene como horizonte cimentar una sociedad mejor para todos. En el caso concreto de la escuela católica —con su fuerte impronta en el ámbito de la gestión privada— su rasgo distintivo es precisamente la cosmovisión cristiana de la realidad, donde Jesús Maestro es el fundamento. Su enseñanza es fuente segura para vencer y dar fruto en los desiertos de la desesperanza. Trabajar en la gran obra de Dios desde el lugar que nos toca y con quien tenemos al lado. Recordar, es decir “re-vivir en el corazón”, que la misión educadora puede considerarse fructífera allí donde se prioriza el respeto, el cuidado y el amor a la persona. Por eso, el tema del Congreso “De la exclusión a la inclusión, un camino para la paz y la justicia”, es suficientemente abarcativo como para que directivos y docentes de escuelas de gestión privada no confesionales y los que pertenecen a las escuelas de gestión pública, los de Argentina y los de otros países de América, se sientan realmente incluidos en la caridad fraterna inspirada en el evangelio, modelo y figura de la no exclusión porque sencilla y concretamente nos manda abrazar a todos. A eso nos referimos cuando hablamos de inclusión: de abrazar al hermano y reconocernos en él. Ese tiene que ser el fundamento de nuestra misión educadora, el eje transversal de nuestros proyectos educativos institucionales. ¿Podremos, por medio de la educación, encontrarnos en un abrazo, que sobrepase las fronteras y lograr que sea política de estado en nuestros países? Este es nuestro desafío, nuestra oportunidad. Estamos llamados a hacer historia. Tomar conciencia de esta gracia es ponernos en camino. No estamos solos. Como San Pablo, “Sabemos de quien nos fiamos”. (Cf. 2Tim 1, 12) Están, además, todas las huellas de quienes nos precedieron. Los maestros cuyos nombres sólo registra el Libro de la Vida, pero que desde sus aulas, tal vez escondidas, intentaron mostrar con palabras y gestos, que “los que estaban lejos, podían estar cerca, porque Cristo, en la cruz, hizo de dos pueblos un solo pueblo, derribando el muro que los separaba, la enemistad; y haciendo un solo Hombre Nuevo” (Cf. Ef 2, 13-15) Con eso soñamos y hacia allí caminamos: hacia una América integrada desde la educación.
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