Una de las cuestiones
principales en el manejo de
las organizaciones, radica en
establecer un camino de acción
(estrategia) que nos permita
alcanzar un punto (objetivo).
Si preguntáramos
en frío ¿hacia
dónde vamos?, y nos olvidáramos
dónde estamos, habría
distintas respuestas: expectativas
empresariales, profesionales,
personales, relacionadas con
la situación económica
o política, o con una
cosmovisión o teología.
Si acotáramos
la pregunta a alguno de los
temas, cada uno contestaría
algo distinto; representarían
probablemente ideas un tanto
abstractas, aunque seguramente
tendrían distintos “enfoques”
enriquecedores. Sin embargo
si pretendiéramos conciliar
todas las respuestas, podríamos
llegar a recrear Bizancio o
Babilonia.
Si en cambio planteáramos
que el hacia dónde vamos
significa una meta, inmediatamente surgiría
la idea de un fin común,
el cual para lograrlo, implicaría
una acción
de conjunto.
Es deseable que cada
uno tenga sus propias inclinaciones,
deseos o puntos de vista, pero
cuando se trata de desarrollar
una tarea que requiere de los
esfuerzos de más de uno,
es necesario coordinar los trabajos, las
funciones...¿pero coordinar
en función de qué?
Surge entonces una
respuesta obvia: de objetivos para todos.
Lograr que las respuestas
se conviertan en metas comunes.
Pero ¿cómo
se definen?
Requieren de la toma de decisiones, que es un proceso
que se repetirá a lo
largo de toda la acción.
Este proceso necesita
como primera medida una visión
en común:
así deberá
llegarse a la descripción
de un escenario futuro, que
se supone es el que se desea
lograr o que es el marco en
el cual se desarrollará
la acción, partiendo
de una situación actual (statu
quo).
El grado de detalle
en la definición variará,
según se trate del corto,
mediano o largo plazo.
En todos los casos
los objetivos deben ser cuantificables en uno o más
tipos de unidades de medida:
monto de dinero, tiempo, cuota
de mercado, superficie ocupada,
etc.
No son válidos
los enunciados tales como “aumentar
las ventas”, “maximizar las
ganancias”, “colaborar solidariamente”,
“mejorar la situación
de los jubilados”, etc.
El objetivo es
entonces la descripción
cuantificada de la meta que
se quiere lograr, según
un escenario previsto.
La definición
del objetivo exige también
la definición de los
límites
dentro
de los cuales se ajustará
la acción: éstos
serán económicos
(no invertir más de “x”,
emplear o no más personal,
reemplazar o no mano de obra
por tecnología...), éticos,
etc.
A estos límites
los llamamos políticas.
Definido el objetivo
deberá determinarse el
cómo
se
logrará. En este caso
el proceso de toma de decisiones
se centrará en el mejor
uso de los medios disponibles
para lograrlo, buscando no sólo
la eficacia y la eficiencia,
sino la efectividad, es decir,
hacer correctamente las cosas
correctas.
Para ello la persona
o el conjunto, se abocará
al desarrollo de alternativas.
Nunca hay un solo
camino
posible, pero sí debe
haber un camino elegido que
no se debe modificar, salvo
graves desvíos –que siempre
significan volver al punto de
partida- y al que llamamos estrategia.
Es fundamental que
en el planteo de las alternativas
se apliquen al máximo
las técnicas que permitan
el estímulo
de la creatividad.
En este aspecto, hay
que recordar que el esfuerzo
en común y con buena
fe de dos no es igual a uno
más uno sino a bastante
más.
En la medida en que
se aúnen puntos de vista
distintos, si todos “tiran”
para el mismo lado, los esfuerzos
producen un resultado potenciado
(trabajo de equipo).
Este intercambio y
al mismo tiempo aporte de nuevos
puntos de vista, o ideas –locas
a veces pero que suelen encerrar
el punto innovador- puede resultar
interminable: por lo tanto es
necesario establecer un punto
final, congelar
la
sesión, y manejarse con
lo aportado hasta ese punto.
Toda nueva idea, alimentará
un futuro proceso de la decisión,
cuando por algún motivo
se plantee (nuevo período,
revisión, etc.).
El momento para congelar
dependerá de la disponibilidad
de tiempo y las urgencias para
tomar la decisión.
Por todo lo visto,
la aplicación de la teoría de
las decisiones nos permite definir
objetivos, alternativas, límites
o políticas, estrategias,
escenarios, etc.
Su aplicación
es general a todo lo que implique
decidir
el qué, el cómo,
el quién, el cuándo
y el dónde HACER.
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