El
desafío
planteado hace bastante
tiempo (y aún
sin resolver) en
la tarea docente
de la economía
es el de comenzar
a alejarnos de los
“tecnicismos” para
acercarnos a las
formas sencillas
de entender y explicar
la teoría
y su conexión
con los hechos económicos.
El
espíritu
de este artículo
es el de contribuir
a la, por momentos,
tan olvidada causa
de hacernos
entender
en la enseñanza
económica.
Para esto, es condición
previa, para no
utilizar términos
económicos
demasiado técnicos,
tener claramente
comprendidos los
conceptos teóricos
básicos y
su correlato real
con los hechos,
con el objetivo
de ser más
claros en
el
principal rol de
un docente: la transmisión
de los conocimientos.
La
economía
es el estudio
de la humanidad
en sus quehaceres
cotidianos,
según
la sencilla definición
de Alfred Marshall
en su libro “Principios
de Economía”.
Sencillamente, la
economía
ayuda a comprender
el
mundo en el que
vivimos, los problemas
(y sus “posibles”
soluciones) de la
sociedad a la cual
pertenecemos e incluso
como ser más
astutos en la decisiones
habituales de la
vida diaria.
El
término
economía
proviene
de la palabra griega
que significa “el
que administra el
hogar”. De aquí
que existe mucho
en común
entre los hogares
y la economía
de un país,
a la hora de entender
sus problemas fundamentales
y sugerir medidas
correctoras.
De
todas formas, los
niveles de complejidad
que alcancen las
“ecuaciones” económicas,
distan de la exactitud
de la ciencias duras,
dado su imperfecto
objeto de estudio,
como lo es el comportamiento
humano. Para salvar
esta “limitación”,
la economía
se sirve de algunos
principios básicos,
que
permiten establecer
las leyes generales
que
guían
el análisis
económico.
Un
buen punto de partida
para la enseñanza
de la economía
es estudiar y comprender
con precisión
los principios que
gobiernan la economía:
por un lado, el
modo en que los
individuos toman
decisiones y por
el otro, la forma
en que interactúan.
Aquí precisaremos
con respecto al
primer grupo de
principios, es decir,
los principios básicos
que sientan las
bases de las decisiones
individuales:
Escasez
y Costo de oportunidad
“No
hay de todo, para
todos, gratis”,
junto a “En
economía,
no hay almuerzos
gratis”
son las formas más
simples y didácticas
de definir la escasez
de recursos. Formalmente,
sabemos que los
recursos son de
carácter
limitado al momento
de satisfacer los
deseos ilimitados
del conjunto de
la sociedad. “Siempre
queremos más
que lo que podemos”,
es un rasgo histórico
identificable en
una sociedad moderna.
Dado
que para conseguir
algo, debemos estar
dispuestos a renunciar
a otra cosa que
seguramente también
nos gusta, debemos
tomar decisiones
(elegir)
entre
alternativas.
El
valor de la mejor
alternativa no elegida
se conoce como costo
de oportunidad o
elección.
Ejemplificando,
cuando un estudiante
elige entre estudiar
una hora mas de
economía,
está renunciando
a una hora de diversión
con amigos, entre
otras cosas, la
valoración
de estudiar una
hora más
tiene el costo de
no divertirse con
amigos.
Costo
- Beneficio
Cuando
debemos elegir entre
alternativas, la
decisión
se basa en una suerte
de valoración
individual de cada
una de las opciones
planteadas. Dicha
valoración
se hace comparando
los perjuicios que
ocasiona tal decisión
y el costo de
renunciar
a las demás
alternativas (costo
de oportunidad)
contra sus rendimientos
o beneficios que
genera. De acuerdo
a este criterio,
ordenamos nuestras
alternativas y elegimos
aquella que mayores
beneficios netos
nos entrega según
nuestras preferencias.
Si
me decidí
por estudiar y no
trabajar, es seguramente
porque preferí
pagar la cuota de
la universidad (costo
directo) y renunciar
al sueldo como trabajador
(costo de oportunidad),
por el beneficio
de educarme y tener
un mejor nivel de
vida cuando me
reciba
y merezca un sueldo
mayor. Es un típico
caso de
“costos
presentes por beneficios
futuros”
Incentivos
Debido
a que los individuos
toman sus decisiones
comparando costos
y beneficios, su
conducta puede ser
alterada cuando
cambian las valoraciones
sobre costos y beneficios,
es decir, responden
a incentivos. Entonces,
son los incentivos
los que “mueven”
o motorizan las
acciones de los
individuos, justificando
su valoración
de “tener ganas
de hacer esto más
que aquello otro”.
Toda
alteración
de los incentivos
por parte de un
agente ( por ejemplo,
el Estado), puede
generar cambios
en la conducta de
los demás
agentes privados,
ya que alteran los
costos y beneficios
de sus acciones.
Por
ejemplo, si queremos
que nuestros alumnos
participen y atiendan
más en clase,
busquemos algún
tipo de incentivo
(premio)
para aquellos que
realicen determinada
tarea.
Seguramente
obtendremos mejores
resultados que si
hubiésemos
puesto algún
castigo
para los que no
se comportaran de
acuerdo a nuestros
objetivos.
Esto
es solo un punto
de partida. Dada
las limitaciones
de espacio que exceden
el alcance del presente
artículo,
el próximo
paso para dar continuidad
al presente artículo
comentando los principios
relativos a la interacción
entre los distintos
integrantes de la
sociedad.
Siempre
es adecuado recordar
y “volver” a las
bases de una ciencia
cuando la complicación
entorpece su adecuada
transmisión
del conocimiento,
siempre sin perder
de vista que el
objetivo
de
la ciencia económica
es que sea comprensible,
ya
que la economía
no
la crean los economistas,
la hace la gente.
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